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Médico Internista e Intensivista, y estudioso de las Santas Escrituras (La Biblia), y un predicador incansable del verdadero monoteísmo bíblico, y sobre todo, del mensaje o evangelio del Reino de Dios, que es la única esperanza que tiene este mundo para sobrevivir a su destrucción total.
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sábado, 29 de enero de 2011

ES USTED UN JUSTO O UN INJUSTO?

Por Ingº Mario A Olcese (Apologista)


Jesús hace una distinción entre justos e injustos, y dice que los primeros irán a la vida eterna y los segundos a la condenación (Juan 5:28,29, Mateo 25:46). Así que, o se es justo, o se es injusto, ¡no hay término medio!

¿Y quiénes son los justos?¿Estará Armandito López entre ellos?

a).- Todos los redimidos por la fe en Cristo y en su sangre derramada para el perdón de los pecados

Romanos 3:24: siendo JUSTIFICADOS gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús,

Romanos 5:1: JUSTIFICADOS, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.

Romanos 5:9: Pues mucho más, estando ya JUSTIFICADOS en su sangre…

b).- Los que serán salvos de la Ira de Dios:

Romanos 5:9: Pues mucho más, estando ya JUSTIFICADOS en su sangre, por él seremos salvos de la ira.

1 Corintios 6:11: Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido JUSTIFICADOS en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios.

c).- Los que serán glorificados y exaltados en trono con los reyes

Romanos 8:30: Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también JUSTIFICÓ; y a los que JUSTIFICÓ, a éstos también glorificó.


Job 36:7: No apartará de los JUSTOS sus ojos; Antes bien con los reyes los pondrá en trono para siempre, Y serán exaltados.

d).- Los que morarán en la presencia de Dios e intimarán con él

Salmos 140:13: Ciertamente los JUSTOS alabarán tu nombre; Los rectos morarán en tu presencia.

Proverbios 3:32: Porque Jehová abomina al perverso; Mas su comunión íntima es con los JUSTOS.

Salmos 68:3: Mas los JUSTOS se alegrarán; se gozarán delante de Dios, Y saltarán de alegría.

e).- Los que brillarán o resplandecerán como el sol

Mateo 13:43: Entonces los justos RESPLANDECERÁN como el sol en el reino de su Padre. El que tiene oídos para oír, oiga

f).- Son los entendidos de Dios

Daniel 12:3: Los ENTENDIDOS resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas a perpetua eternidad.

g).- Los justos son santos, los que juzgarán el mundo

1 Corintios 1:30: Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, SANTIFICACIÓN y redención;

1 Corintios 6:2: ¿O no sabéis que los santos han de JUZGAR al mundo? Y si el mundo ha de ser juzgado por vosotros, ¿sois indignos de JUZGAR cosas muy pequeñas?

Ahora le pregunto esto: ¿Ha sido usted justificado (lavado de sus pecados) por la sangre preciosa de Cristo? Si su respuesta es sí, entonces usted será glorificado y resplandecerá en el reino de Cristo y terminará viviendo para siempre en la presencia de Dios e intimará con Él como hace un Padre amoroso con un hijo fiel.

Desafortunadamente, los Testigos de Jehová y sus simpatizantes creen que sólo 144,000 TDJ estarán en el cielo, e intimarán con Cristo y con Dios, en tanto que una gran multitud de sus feligreses (la grande muchedumbre) se quedará en la tierra, lejos de la Majestad y de la intimidad del Señor. Esto querría decir que sólo un grupo pequeño de 144,000 Testigos de Jehová habrían alcanzado la justificación y el resto no, pues si todos la hubieran alcanzado, entonces todos los TDJ deberían terminar en la misma presencia del rey e intimando con el Señor.

Pero los TDJ deberían recordar que si sólo ellos (cerca de 7 millones de miembros) serán salvos de la ira de Dios es porque TODOS ellos debieron haber sido justificados por la sangre de Cristo, y consecuentemente es de esperarse que TODOS ellos terminarán brillando y resplandeciendo como el sol al medio día en el reino del Padre. ¿Pero cómo la llamada “grande multitud” de Testigos de Jehová podrían brillar en el reino de Dios si ellos supuestamente no reinarán con Cristo y tampoco compartirán de su gloria en su “trono celestial”, sino sólo como vasallos?
¿Cómo te las estás viendo, mi querido Armandito López Golart? ¡Ojalá que no sea "negras"!

domingo, 12 de septiembre de 2010

EL REINO DE DIOS EN LA TIERRA


Para muchos que de repente sienten interés en la Biblia, les toma por sorpresa descubrir que hubo un reino de Dios en la tierra en el pasado y que ese reino estaba administrado por gobernantes mortales.

Cuando Moisés sacó a los hijos de Israel de Egipto, el Padre les prometió que si obedecían su voluntad, “Jehová tu Dios te exaltará sobre todas las naciones de la tierra [...], te confirmará Jehová por pueblo santo suyo” (Deuteronomio 28:1, 9). Que el Padre mantuvo su promesa, está bien corroborado por la Escritura y la historia, e Israel llegó a ser el reino de Dios, tal como lo muestran claramente los siguientes pasajes de la Escritura:

1 Crónicas 29:23 – “Y se sentó Salomón POR REY EN EL TRONO DE JEHOVÁ en lugar de David su padre”.

2 Crónicas 9:8 – “Bendito sea Jehová tu Dios, el cual se ha agradado de ti [Salomón] PARA PONERTE SOBRE SU TRONO COMO REY PARA JEHOVÁ TU DIOS”.

Ese reino llegó a su término en el año 588 a.C. por causa de su iniquidad, cuando Nabucodonosor, Rey de Babilonia, tomó cautivo a su último rey, mató a sus hijos delante de él y a él le sacó los ojos.

EL REINO SE HA DE REESTABLECER

Como ya ha habido un reino de Dios en la tierra, hombres de fe en nuestros días se han convencidos por ciertas palabras proféticas como las de Jeremías 3:17 – “En aquel tiempo llamarán a Jerusalén: TRONO DE JEHOVÁ”, que el Padre reestablecerá su reino en la tierra, tal como lo prometió a Daniel: “Y en los días de estos reyes [en los últimos días] el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido [...]; desmenuzará y consumirá a todos estos reinos, pero él permanecerá para siempre” (Daniel 2:44).

El Señor Jesús fue muy preciso al confirmar la promesa que fue hecha al profeta Daniel, puesto que instruyó al apóstol Juan a escribir proféticamente: “Los reinos del MUNDO han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo” (Apocalipsis 11:15). Que los judíos de Israel, en los días de nuestro Señor Jesús sabían que el reino había de reestablecerse, no puede haber duda, porque los discípulos consultaron al Señor Jesús sobre ese punto, preguntando: “Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?” (Hechos 1:6).

¿UN REINO EN LA TIERRA O EN EL CIELO?

En ningún pasaje de la Biblia hay alguna promesa de que el reino de Dios se reestablecerá en el cielo. En cambio, el Señor Jesucristo es enfático al declarar que el reino estará en la tierra. En cierta ocasión instruyó al apóstol Juan para que escribiera en Apocalipsis 5:10 una descripción de los ‘redimidos’: “Y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra”. La palabra “nos” se refiere a la misma gente de la que habla el profeta Daniel en Daniel 7:27 donde él también habla de los redimidos: “Y que el reino, y el dominio y la majestad de los reinos DEBAJO DE TODO EL CIELO, sea dado al pueblo de los santos del Altísimo, cuyo reino es reino eterno, y todos los dominios le servirán y obedecerán”. No sólo eso, sino que Jesús tuvo cuidado de enseñar: “Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad” (Mateo 5:5). La Escritura no nos deja en duda de que el futuro reino estará en la tierra.

¿QUÉ CIUDAD SERÁ SU CAPITAL?

Las ciudades famosas del género humano han sido Babilonia, Roma, Londres, Nueva York, y Moscú, pero la Biblia no las menciona como las ciudades importantes del futuro. En cambio, la única ciudad significativa que se menciona como la fuente futura de todo el poder y fuerza gobernante es Jerusalén. El profeta miqueas escribió por inspiración divina: “Fortaleza de la hija de Sión, hasta ti vendrá [...] el reino” (Miqueas 4:8). Y en el mismo capítulo Miqueas escribe acerca del futuro, diciendo: “En los postreros tiempos [...] vendrán muchas naciones, y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová [...]; porque de Sión saldrá la ley, y de JERUSALÉN la palabra de Jehová” (Miqueas 4:1-2).

El profeta Ezequiel confirma las palabras de Miqueas porque él escribió según las instrucciones del Señor: “Hijo de hombre, este es el lugar de mi trono, el lugar donde posaré las plantas de mis pies, en el cual habitaré entre los hijos de Israel para siempre” (Ezequiel 43:7). Cuando Ezequiel escribió estas palabras, él estaba hablando de la casa de oración para todas las naciones que se ha de construir en Jerusalén.

El profeta Isaías, escribiendo 700 años antes de los días del Señor Jesús, previó un tiempo cuando la iniquidad de Israel había llegado a su término y él escribe: “Cuando Jehová de los ejércitos reine en el monte de Sión y en Jerusalén” (Isaías 24:23). Con tan abrumadora evidencia ya presentada, no puede haber duda de que el venidero reino de Dios se reestablecerá en la tierra, y estará centrado en Israel, y el Señor Jesús, ya regresado, reinará desde la futura y nueva capital del mundo, Jerusalén. Jeremías escribe acerca de Jerusalén: “Todas las naciones vendrán a ella” (Jeremías 3:17), y el rey David escribió: “Al monte que deseó Dios para su morada. Ciertamente Jehová habitará en él para siempre” (Salmos 68:16), en tanto que el profeta Joel escribe: “Porque en el monte de Sión y en Jerusalén habrá salvación” (Joel 2:32). El profeta Zacarías añade: “Y vendrán muchos pueblos y fuertes naciones a buscar a Jehová de los ejércitos en Jerusalén” (Zacarías 8:22).

¿CUÁNDO SUCEDERÁ TODO ESTO?

Cuando los discípulos hicieron esta pregunta al Señor Jesús, esta fu su respuesta: “No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad” (Hechos 1:7). En otro pasaje el Señor Jesús nos asegura que ni siquiera él sabe la fecha y el tiempo del reestablecimiento del reino (Mateo 24:36), PERO el profeta Amós asegura a sus lectores que el Señor NO HARÍA NADA “sin que revele su secreto a sus siervos los profetas” (Amós 3:7).

Por lo tanto, se nos asegura que hay ciertas indicaciones en la Biblia acerca de los tiempos del cumplimiento de todas las promesas del Padre. Una cosa que tenemos que recordar es que NO puede haber ningún reino de Dios en la tierra hasta que el Señor Jesús regrese para establecerlo, y no es coincidencia que el rey David, el salmista, escribiera: “Por cuanto Jehová habrá edificado a Sión, y en su gloria será visto” (Salmos 102:16). Estamos viendo que esto sucede delante de nuestros propios ojos como el pueblo de Dios, los judíos, regresan a su tierra para reconstruir y replantar la tierra. El primer paso ya ha sido dado y pronto el Señor Jesús “con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo” (1 Tesalonicenses 4:16).

La ‘reconstitución de Sión’ ha necesitado el regreso de Israel desde los cuatro rincones del mundo, y en los últimos 100 años, más de cuatro millones de judíos han sido dirigidos a regresar a su antigua tierra, en preparación para el reestablecimiento del reino de Dios en la tierra.

Todo hombre y mujer está invitado a ser parte del futuro reino, el cual ‘desmenuzará y consumirá a todos los reinos’. La promesa de la Biblia es vida eterna en un mundo renovado. Qué necios seríamos de ignorarla cuando se ofrece gratuitamente.

martes, 16 de marzo de 2010

EL PENSAMIENTO DE LACUNZA: EL REGRESO DE CRISTO Y EL REINO


Lacunza vertió en su libro “La Venida del Mesías en Gloria y Majestad” su visión del fin de los tiempos, la que incluye el gobierno de Cristo en la Tierra antes de la Resurrección Universal, la que sobrevendría sólo después de dicho gobierno y no simultáneamente junto a su venida, como postula el sistema ordinario vigente.

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Por Fredy Parra C. *

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Manuel Lacunza define su línea de pensamiento específicamente milenarista al resumir el sistema que propone: “Jesucristo volverá del cielo a la tierra, cuando sea su tiempo: cuando lleguen aquellos tiempos y momentos, que puso el Padre en su poder (Hch 1,7)… Vendrá no tan de prisa, sino más despacio de lo que se piensa. Vendrá a juzgar no solamente a los muertos, sino también y en primer lugar a los vivos. Por consiguiente, este juicio de vivos y de muertos no puede ser uno solo, sino dos juicios diversísimos, no solamente en la sustancia y el modo, sino también en el tiempo. De donde se concluye (y esto es lo principal a que debe atenderse) que ha de haber un espacio de tiempo bien considerable entre la venida del Señor, que estamos esperando, y el juicio de los muertos o resurrección universal” (M. Lacunza, La Venida del Mesías en Gloria y Majestad (4 Tomos), Ed. C. Wood, Londres, 1816, I, pp. 53-54). El juicio sobre los vivos tendrá entonces lugar en el espacio y el tiempo donde se cumplirán las profecías de paz y justicia universal que se anuncian en las Escrituras. Después de convertir en reino propio de Dios a los diversos reinos sociopolíticos existentes, después de desarrollarse en plenitud el plan de Dios para la historia, Jesucristo podrá ofrecer su reino en las manos del Padre (1 Co 15, 23-26). En esto reside la principal diferencia con el sistema ordinario vigente que sostiene que inmediatamente después de la segunda venida del Señor se seguirá sin ningún intervalo de tiempo la resurrección universal y el juicio universal. Pero Lacunza también advierte sobre las diferencias de alcance cristológico implicadas en su tesis central. Por lo mismo, distingue claramente dos tiempos y dos misiones en el único Mesías.El autor piensa que todo cuanto hizo Cristo en su primera venida se incluye dentro de los límites de su oficio sacerdotal y doctoral, y, en consecuencia, no es posible interpretar sus dichos y acciones en términos de la potestad real. Las referencias del Jesús histórico al reino reciben en Lacunza una interpretación exclusivamente futura. El autor no niega que Jesús se haya referido al reino en términos de algo ya presente, pero puntualiza que en esos casos se refiere al “evangelio del reino”, y no al reino mismo. Ahora bien, el evangelio del reino, “esto es, noticia, buenas nuevas, anuncio, predicación del reino” constituye una invitación al reino que tendrá lugar en el futuro, la predicación de la fe y la justicia, la exhortación a llevar una vida conforme a los valores del evangelio y a vivir en la vigilancia que corresponde a quien espera ansiosamente la venida del Señor.
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Esos mismos criterios afectan radicalmente la visión eclesiológica de nuestro autor. En efecto, dedica capítulos importantes de su obra a demostrar que la Iglesia, siguiendo a su Maestro en su misión sacerdotal y doctoral, no puede identificarse ni total ni parcialmente con el reino y subraya que su misión ciertamente es ser fiel al Señor, preparando a los hombres para el reino futuro de Cristo, para lo cual debe consagrarse a su misión moral y espiritual, lejos de toda confusión con los poderes políticos mundanos. Antes de seguir, cabe recordar que la obra de Lacunza fue colocada en el Indice en 1824 y que a mediados del siglo XX la doctrina misma es cuestionada y luego de una consulta, el Santo Oficio, en decreto del 21 de julio de 1944, responde: “El sistema del milenarismo mitigado no puede enseñarse con seguridad” (DS, 3839).

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Crisis y fin de la historia actual

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Según Lacunza, los mismos evangelios entregan una clara visión de lo que sucederá en todo el tiempo que debe mediar entre la primera y la segunda venida de Cristo. En efecto, aunque se predicará el evangelio por todo el mundo (Mt 24,14), en resumen, “habrá siempre una grande oposición, y aun guerra formal, y continua entre la justicia y la paz [...] Y una casi continua adversidad contra “aquellos que quieren vivir piadosamente en Jesucristo” (Ibíd., IV, pp. 263-264). Al concluir su análisis de la profecía de Daniel (Dn 2) el autor se expresaba de un modo semejante: “por un espacio de más de 2300 años, se ha venido verificando, “lo que comprehende, y anuncia esta antiquísima profecía [...] Lo formal de la estatua, es decir, el imperio y la dominación”, constituye la característica más propia del tiempo actual y “no falta ya sino la última época, o la más grande revolución, que nos anuncia esta misma profecía” (Ibíd, I, pp. 293-294). En la historia hay una incesante lucha entre las fuerzas del bien y del mal. Este eón es un escenario donde se depliegan fuerzas opuestas y donde triunfa, finalmente, la dominación y la injusticia. En la interpretación lacunziana, la dominación es política (el cuarto reino: las monarquías europeas absolutistas en crisis al final del siglo XVIII) y es religioso-espiritual (las falsas religiones y el falso cristianismo aliado de la nueva “religión” que eleva la razón). Al fin del siglo, en medio de una intensa crisis, el anticristianismo alcanzará su paroxismo. Pero también crece y se mantiene el cristianismo auténtico; siempre habrá testigos que resistan y den testimonio de su fe en Cristo. El eón presente sólo puede manifestar ambigüedad. La parábola del trigo y la cizaña es la más adecuada para expresar esta radical confusión que reina en la historia. “En una palabra, habrá siempre cizaña, que oprima y no deje crecer ni madurar el trigo” (Ibíd., IV, pp. 264). Es interesante observar que en Lacunza la dialéctica del trigo y la cizaña afecta al mundo, a la sociedad y a todas las religiones. El cristianismo no está amenazado sólo por fuerzas externas, sino también, y principalmente, por una falsificación que puede venir desde dentro. Precisamente, uno de los rasgos esenciales del anticristianismo es que el mal toma la apariencia del bien.

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Concluidos los tiempos y momentos “que el Padre puso en su poder” y estando la historia sometida al misterio de la iniquidad, con excepción de algunos individuos, llegará finalmente el día del Señor. Tras la resurrección de los santos, los que han dado testimonio de su fe y justicia, y en medio de una conmoción que habrá en la tierra, perecerá gran parte del linaje humano que estuvo comprometido con el complejo anticristiano. Terminado este primer acto del juicio, perteneciente a la justicia vindicativa, comenzará el juicio o reino (el milenio) tan esperado. Habrá entonces un fin de este mundo histórico, un fin de siglo. En palabras de Lacunza, el fin del siglo se refiere al término del día actual de la humanidad, del actual tiempo histórico, o siglo presente.

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Esperanza futura del Reino de Cristo

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Esta esperanza se funda en las promesas de Dios, esto es, en una palabra de Dios manifestada en el pasado y por medio de la cual se garantiza un futuro de salvación y vida. Este Dios, Señor de la historia, tiene el poder de cumplir su palabra y llevar la historia al cumplimiento de las metas por él trazadas. Sin negar el contenido de las promesas más antiguas, Lacunza resalta que la esperanza veterotestamentaria es, sobre todo, una esperanza de restauración plena. Destaca la necesidad de un nuevo Exodo. Tras la época de desgracia y opresión en la que el pueblo judío se encuentra desde el tiempo del Destierro, advendrá una liberación nacional y política y una purificación religiosa digna del pueblo escogido por Dios. Tal esperanza presupone la desintegración de la nación judía. Según el autor, después de dieciocho siglos de civilización occidental, el pueblo judío aún se encuentra desterrado de su patria, disperso por el mundo, privado de su condición de pueblo de Dios y sometido a toda suerte de injusticias y tribulaciones. Israel será restablecido como pueblo, como nación libre y soberana, y como pueblo-de-Dios, como Esposa que se convierte al Mesías, a Jesús. La esperanza de restauración futura desborda los límites nacionales y las expectativas políticas y religiosas de Israel. Las Escrituras aseguran que ha de llegar un día, siglo o tiempo en que toda la humanidad sea bendita en Cristo, todos crean en El y lo amen. Habrá, en suma, una fe universal en Cristo, el Hombre-Dios y Mesías (Gn 12, 1-3; 18, 18; 22, 18; Ga 3, 16; Sal 72.86-9-10; Is 11, 9; Dn 2, 35; 7, 14-27; Za 14, 9). Junto con una fe universal, las Escrituras muestran la esperanza de una justicia universal jamás vista en el orbe (ls 65; 2 P 3, 13). Además de la realización universal de la fe y la justicia, se ha prometido un estado de concordia y paz universal (ls 2,1-4). La humanidad vivirá sin violencia política ni económica, sin esclavitud ni opresión.

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Es más, la esperanza futura adquiere dimensiones cósmicas y acaba abrazando la creación entera. Según el autor, la tierra también será restaurada y retornará a su perfección original. La esperanza futura no se puede disociar de una transformación cósmica. Mundo humano y no humano están radicalmente unidos y juntos participan del proyecto salvífico y liberador de Dios. Por tanto, la naturaleza está envuelta en el destino presente y futuro de la humanidad. Cielos y tierra volverán a un estado tan bueno como lo fueron primitivamente y serán liberados de la corrupción que se introdujo a causa del pecado de la humanidad. En una palabra, según nuestro jesuita, “los nuevos cielos, y nueva tierra, o el mundo nuevo que esperamos después del presente debe ser sin comparación mejor que el presente, y esto no solamente en lo moral, sino también en lo físico y material” (Ibíd., IV, p. 81).
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Bienaventuranza eterna

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El reino mesiánico, el “milenio” propiamente tal, que podrá durar un número indeterminado de siglos, es la penúltima época en la concepción de Lacunza, ya que tras una crisis definitiva acabará la historia y se dará paso a la última época: la vida eterna, después de la cual no hay otra. Tendrá lugar “el fin de los viadores, o de la generación y corrupción” porque no admite la idea de un fin de mundo como una suerte de aniquilación. Acontecerá el juicio y resurrección universal de todos los muertos, con la correspondiente condenación o salvación eternas. Cristo colocará el reino en manos del Padre y así será Dios todo en todo (1 Cor 15, 28).

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En la única experiencia de la gloria, Lacunza distingue dos aspectos esenciales: el que llama “accidental”, que corresponde a la contemplación y gozo vital de la naturaleza, y el “substancial”, que corresponde a lo que normalmente se entiende por visión de Dios. Para concebir de algún modo la grandeza y extensión del reino de los cielos, o del reino de Dios, y de su felicidad (por ahora incomprensible), el autor convida a que contemplemos el cielo estrellado y apreciemos su inmensidad y belleza admirables. En fin, todo el espacio sideral que nos rodea, con sus cuerpos y orbes visibles e invisibles, todo ello es la herencia eterna del Hombre-Dios, Cristo Jesús y, por consiguiente, de todos sus hermanos menores, los coherederos, especialmente después de la resurrección universal. Esta participación en la herencia del universo material se unirá a la visión fruitiva de Dios. Además, la observación y fruición de las obras de Dios no producirá distracción de la visión y fruición del Sumo Bien, es decir, de Dios mismo, al que, por lo demás, encontrarán en todas partes. Lacunza integra en su concepto de la bienaventuranza eterna la corporalidad, articulando el teocentrismo con una visión antropológica en su idea de la eternidad.

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Por otra parte, aun concediendo que el reino de Dios sea el universo entero, es preciso admitir algún lugar determinado, físico y real, entre todos los innumerables orbes, donde resida normalmente el Supremo Rey, de donde irradie eternamente la luz hacia todos los lugares del reino definitivo. El centro de unidad de un reino tan extenso estará, sin duda, en un lugar determinado del universo: este lugar privilegiado será el mismo en el que ahora habitamos, es decir, la tierra. Para fundamentar esta aseveración el autor presenta dos razones claves: Jesucristo es de esta tierra, aquí nació, aquí se hizo hombre, aquí enseñó su evangelio, aquí experimentó la injusticia de la cruz. Y lo mismo se puede decir de los coherederos: aquí padecieron por Él y sufrieron por causa de la justicia, aquí fueron, por lo mismo, atribulados y perseguidos. Luego, aquí mismo, en esta misma tierra donde tanto abundó la iniquidad, deberán gozar eternamente el fruto más que céntuplo de todo lo que supieron sembrar.

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Doctor en Teología. Profesor de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

jueves, 21 de mayo de 2009

EL MILENIO Y LA IGLESIA PRIMITIVA


Por David M. Williams

(Traducido por Ingº Mario A Olcese)

El área de la escatología relacionada con el milenio está cargada de desarreglo hermenéutico. Existen aquellos que afirman que el período de mil años (el milenio) a los que se refiere el Libro de Apocalipsis en varias ocasiones (capítulo 20, versos 3, 4, 5, 7) no es literal. Más bien, se cree que tiene un significado "espiritualizado" o alegórico. Esto es conocido como amilenialismo, y el prefijo "a" significa "no", tal como un "ateo" que no es un "teísta" (uno que cree en Dios) y un "agnóstico", que mantiene no tener "conocimiento ("gnóstico" se deriva de la palabra griega para conocimiento).

Otra opinión del milenio es el milenarismo; Es decir, el milenio ocurre antes de que el periodo de Tribulación de 7 años tenga lugar. Esto contradice el ordenamiento cronológico de Apocalipsis sin embargo, el cual detalla la Tribulación (capítulo 4-19), el regreso de Cristo (capítulo 19) y luego el reinado milenario (capítulo 20). Lo que sigue es la consumación de todas las cosas y los nuevos cielos y la tierra nueva (capítulo 21-22).

Es bien conocido entre los estudiosos e historiadores bíblicos que la fe de la Iglesia primitiva fue el chiliasmo - basado en la palabra Griega en Apocalipsis 20:3 que denota el número 1,000. El Chiliasmo fue un punto de vista premilenario mal definido que anticipó el regreso de Cristo, y Su reinado por mil años literales antes del juicio final.

Ireneo, por ejemplo, un discípulo de Policarpo el mártir, quien a su vez fue instruido por los Apóstoles y tuvo comunicaciones familiares con muchos que habían visto al Cristo resucitado, escribieron de un período milenario literal. En libro cinco de Adversus Haereses (En contra de las Herejías) Ireneo provee una defensa apologética para el milenio y la restauración futura de Israel que él insiste no puede ser alegorizado (35:1-35). Después del milenio, Ireneo Prevé el juicio final de Dios y la retribución en términos de los capítulos 20 y 21 del Libro de La revelación.

Hipólito, el obispo de habla griega de una Iglesia en Roma, que murió como un mártir alrededor del 235 DC es bien conocido por sus escrituras escatológicas. En De Christo Et Antichristo (Cristo y anticristo) Hipólito escribe del anticristo y el período de la Tribulación. En su Comentario sobre Daniel, el comentario bíblico existente más viejo hoy disponible, Hipólito detalla su esperanza milenaria y la relación del libro de Apocalipsis con Daniel, con sus descripciones apocalípticas de los tiempos del fin. Es importante darse cuenta de que la crítica común del pensamiento premilenario como una invención reciente es simplemente falsa - más bien es la más vieja de todas las creencias escatológicas cristianas.

Desafortunadamente algunos estaban inclinados de hacer hincapié cariñosamente en sus esperanzas milenarias en una manera estúpidamente materialista, como Papías, cuyo cuarto libro detalla una descripción vívida del reino milenario, en la cual la fertilidad de la tierra aumentará en proporciones sorprendentes por el bien de los santos resucitados. Acerca del año 100 A.D., Cerinto, un antiguo líder gnóstico, escribió del lujo y los deleites sensuales que él esperó que el milenio trajera.

En el cuarto siglo, el gran pensador cristiano Agustín de Hipona, quien ha influenciado toda la teología latina, rechazó las nociones literales detrás del chiliasmo, basado en su desacuerdo con las nociones materialistas que habían llegado a ser asociadas con ésta. Aunque Agustín originalmente se aferró al chiliasmo y aún reconoció como una opinión defendible, él describió lo que él encontró lo que le pareció más "razonable" en el capítulo 20 De Civ Dei (La Ciudad de Dios) escrito en 425 DC. Agustín había modelado una opinión dónde en contraste al chiliasmo, la edad presente misma era el milenio. Él percibió el reino de Dios como ya manifestado en la Iglesia y proclamó que la edad entre el Pentecostés y el retorno de Cristo era el mismo milenio, marcado por la influencia siempre creciente de la Iglesia en trastornar el mal en el mundo antes del regreso de Cristo. Uno fácilmente puede comprender cómo podría haber surgido esta opinión, dado el cambio dramático en los asuntos de la Iglesia después del Edicto de Constantino de Tolerancia, temprano en el cuarto siglo. De hecho, más tarde la teología latina tuvo una tendencia extendida para identificar el Reino de Dios, al menos en su primera etapa de existencia, con la Iglesia Católica institucional.

Después del año 1,000 dC el pensamiento de un periodo literal de mil años se desvaneció; La construcción milenarista de Agustín se convirtió más bien en amilenialismo, siendo los "mil años" meramente figurativo. Ciertamente, durante la Edad Media el pensamiento de un milenio literal fue generalmente supuesto como cismático o herético. El Amilenialismo es todavía enseñado en escuelas filosóficas como aquella representada por el Westminster Theological Seminary.

La posición milenaria fue refinada y además desarrollada por Daniel Whitby en tiempos relativamente recientes. No obstante, esto no puede ser sostenido con cualquier pensamiento serio debido a la sucesión de guerras y otras calamidades siendo experimentadas - el reino de Dios no puede ser traído por el esfuerzo humano.

Aquellos que todavía sostienen el post- milenialismo tienden a ser grupos como los Preteristas que sostienen que el Libro de Apocalipsis se relaciona con acontecimientos que giran alrededor del Emperador Nerón, a pesar de la riqueza de la evidencia interna y externa para lo contrario (como la fecha de la escritura del Apocalipsis).

El pensamiento Premilenario fue revivido después de ser meticulosamente delineado por el predicador bautista laico William Miller (exponente famoso del adventismo del séptimo día) y de mediados del 1800. Sus puntos de vista cayeron en descrédito después de que dos intentos erraron para establecer una fecha para el regreso de Cristo.

El siguiente renacimiento ocurrió con John Nelson Darby (de la distinción de la Hermandad de Plymouth) a finales de los 1850 en forma de Milenialismo dispensacional- la noción de que Dios interactúa con la humanidad en una serie de épocas o dispensaciones. Darby tramó estas hebras diversas en un sistema cohesivo apremiante que él respaldó en cada punto por textos Bíblicos copiosos de prueba, luego incansablemente lo promovió a través de su escritura y predicación. Ciro Scofield popularizó este sistema de creencia con la publicación de su Biblia de referencia y lo catapultó en el pensamiento prevaleciente protestante.

Es importante notar que el dispensacionalismo y el milenialismo no son sinónimos, aunque el dispensacionalismo es premilenario (pero uno puede ser premilenario sin ser un dispensacionalista). El Dispensacionalismo es enseñado por escuelas filosóficas representadas por el Dallas Theological Seminary (Charles Ryrie siendo un miembro bien conocido del personal).

Las razones esenciales para mantenerse firme en un milenio literal es que representa la fe de la Iglesia primitiva, la enseñanza heredada de los Apóstoles, y que provee una comprensión de Apocalipsis 20 que es armoniosa con otros pasajes Bíblicos, y que es obtenida de una interpretación coherente y literal de las Escrituras. Aquellos que eligen negar un milenio literal deben proveer fuerte razonamiento para su decisión. Aquellas creencias amilenialistas no pueden ser extraídas de la Escritura, sino que más bien que deben ser aprendidas fuera de ella.

miércoles, 25 de febrero de 2009

EL REINO QUE VIENE DEL CIELO

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Autor: Gabriel (Cristiano Unitario)


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Todos hemos oído predicaciones acerca de la salvación, y muchos grandes evangelistas proclamando la salvación eterna, tras la oración de fe, pero queridos hermanos, vamos a ser realistas y a repasar las Escrituras, para comprobar qué es realmente lo que dicen acerca de nuestra salvación y si ésta es algo que recibimos para siempre y no podemos perder de ninguna manera ó es algo gratuito, pero que debemos cuidar con temor y temblor.

Yo me inclino a creer que es algo más parecido a esto segundo que lo primero, por lo cual aconsejaría que todos sigan manteniéndose firmes en la fe, puestos sus ojos en Jesús y llenos de su palabra y envueltos en su obra hasta que él regrese, o hasta que nuestro tiempo en este planeta acabe y nos toque descansar hasta su regreso. Porque lo que el Señor nos ha prometido es la vida eterna, y esta promesa es la esperanza más grande y maravillosa que nadie jamás pudo soñar, ya que vamos a ser participes de la naturaleza divina y desde que estamos en Cristo tenemos una esperanza, que antes no teníamos, ni remotamente, pero que ahora si tenemos. EFESIOS 2:12, dice: “EN AQUEL TIEMPO, ESTABAIS SIN CRISTO, ALEJADOS DE LA CIUDADANIA DE ISRAEL Y AJENOS A LOS PACTOS DE LA PROMESA, SIN ESPERANZA Y SIN DIOS EN EL MUNDO”. Realmente estábamos vacíos, sin Dios y sin ninguna esperanza, sólo teníamos las mentiras del mundo. Así que en principio la salvación que recibimos es ser participantes de todas las promesas hechas por Dios a Abraham, que son las promesas a Israel, de las cuales estábamos totalmente excluidos, antes de conocer a Cristo y de las cuales ahora podemos aspirar a heredar como miembros de la familia de Dios, y no alguna salvación diferente, made in USA, una vez salvos, salvos para siempre jamás.

Pues gracias a Dios que esa no es la salvación de Cristo, sino que la esperanza (salvación) de Cristo es la esperanza (salvación) de Israel, de la cual ahora somos nosotros partícipes. Nosotros que hemos sido injertados en el buen olivo, participamos en la carrera a la meta que es el Reino, para entrar por la puerta principal y recibir la salvación que nos está reservada, por ahora, en los cielos. Sin embargo, cuando llegue el momento propicio, Cristo nos la manifestará en su parusía, y no antes. Mientras tanto, ahora tenemos en nuestros corazones la más grande esperanza jamás ofrecida a hombre alguno, ¿Amén? Dice 1 Pedro 1:3, así: “BENDITO EL DIOS Y PADRE DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, QUE SEGÚN SU GRAN MISERICORDIA NOS HIZO RENACER PARA UNA ESPERANZA VIVA, POR LA RESURRECCION DE JESUCRISTO DE LOS MUERTOS”.

Así que lo que hemos recibido a través del nuevo nacimiento, y de la fe en Cristo Jesús, es una esperanza viva de que si permanecemos en Cristo, no seremos avergonzados, y recibiremos este tesoro que está guardado para nosotros en los cielos, porque Dios que no es ningún mentiroso. Él ha preparado esta vida para nosotros y determinado que la recibamos en todo nuestro ser, en el tiempo venidero, para lo cual ahora nos ha dado esta maravillosa esperanza, que antes no teníamos en lo más mínimo, pero que ahora sí nos ha sido predicada, por lo cual hemos pasado a ser miembros de esta gloriosa familia de la esperanza. Dice Tito 1:2-3, así: “EN LA ESPERANZA DE LA VIDA ETERNA, DIOS, QUE NO MIENTE, PROMETIO ESTA VIDA, DESDE ANTES DEL PRINCIPIO DE LOS SIGLOS Y A SU DEBIDO TIEMPO MANIFESTO SU PALABRA POR MEDIO DE LA PREDICACION QUE ME FUE ENCOMENDADA POR MANDATO DE DIOS, NUESTRO SALVADOR”. Por lo que nos queda más que probado, que esta salvación, que incluye según hemos estado explicando con anterioridad: “la vida eterna y la entrada al Reino”, nos será entregada más adelante.

Vemos claramente entonces que el contrato de nuestra salvación ha sido realizado en esperanza y siendo éste el elemento principal a través de la cual hemos adquirido esa promesa divina que se encuentra en el paquete de nuestra salvación, que aunque ahora no la vemos, ya que si la viésemos la tendríamos, y ya no sería esperanza, sino un hecho consumado, seguimos esperando con fe y paciencia, por lo cual Dios sigue produciendo, por medio de la prueba de nuestra fe, el elixir de la paciencia, que no tenemos por naturaleza y necesitamos para no salirnos del camino, debido a la impaciencia de la carne. Dice Romanos 8:24-25, así: “PORQUE EN ESPERANZA FUIMOS SALVOS; PERO LA ESPERANZA QUE SE VE NO ES ESPERANZA, YA QUE LO QUE ALGUNO VE, ¿PARA QUE ESPERARLO? PERO SI ESPERAMOS LO QUE NO VEMOS, CON PACIENCIA LO AGUARDAMOS”.

La esperanza es real para todos aquellos que hemos creído en Cristo y debemos estar tranquilos, porque así como sabemos que nuestro Señor está ahora a la derecha del Padre en el Cielo, así también nuestra esperanza está muy bien guardada en Cristo, y sabemos que cuando él se manifieste, entonces también será manifestada con él nuestra esperanza, y nos será entregada en aquel día, porque sabemos que fiel es el que prometió y sabemos en quién hemos creído. Dice Colosenses 1:5, así: “A CAUSA DE LA ESPERANZA QUE OS ESTA GUARDADA EN LOS CIELOS. DE ESTA ESPERANZA YA HABEIS OIDO POR LA PALABRA VERDADERA DEL EVANGELIO”.

Vemos que cuando Pablo les habla a los romanos acerca de la llegada del tiempo de la salvación, lo hace indicando que esta es posterior al momento en que nos convertimos a Cristo y creímos por primera vez, por lo cual aparece un lapso de tiempo desde el nuevo nacimiento del espíritu, hasta la salvación del alma, que pacientemente espera con el cuerpo, la llegada de aquel glorioso día de la misma forma en que se espera la hora de un parto, el cual nadie puede adelantar, ni retrasar, porque tiene un tiempo perfecto establecido por Dios. Así también nuestra salvación tiene un tiempo que sólo Dios conoce. Dice Romanos 13:11, así: “Y ESTO, CONOCIENDO EL TIEMPO, QUE ES YA HORA DE LEVANTARNOS DEL SUEÑO, PORQUE AHORA ESTA MAS CERCA DE NOSOTROS NUESTRA SALVACION QUE CUANDO CREIMOS”. Es por esto también que cuando hablamos de la segunda venida de Cristo y del establecimiento del Reino, también lo hacemos de la manera que los primeros discípulos se refrían al evento, como el de una “esperanza bienaventurada”, que es la muy bendecida esperanza que alberga todo cristiano en su corazón, sabiendo que somos coherederos juntamente con Cristo, y con Abraham, y con toda la familia de Dios, de la herencia que el Padre ha dispuesto para nosotros. Dice Tito 2:13, así: “MIENTRAS AGUARDAMOS LA ESPERANZA BIENAVENTURADA Y LA MANIFESTACION GLORIOSA DE NUESTRO GRAN DIOS Y SALVADOR JESUCRISTO”.

En la medida que vamos profundizando en la esperanza, vemos que se nos dice que debemos permanecer en la fe y se nos insista en que no nos movamos de esa esperanza, sino que permanezca firmemente cimentada nuestra vida en esta roca de Dios y esperanza de gloria en Cristo. Dice Colosenses 1:23, así: “PERO ES NECESARIO QUE PERMANEZCAIS FUNDADOS Y FIRMES EN LA FE, SIN MOVEROS DE LA ESPERANZA DEL EVANGELIO QUE HABEIS OIDO, EL CUAL SE PREDICA EN TODA LA CREACION QUE ESTA DEBAJO DEL CIELO Y DEL CUAL YO PABLO, FUI HECHO MINISTRO”.

Sabemos que la esperanza es también parte fundamental de la armadura con la cual debemos vestirnos cada día para poder hacer frente a todas las asechanzas del maligno, que tiene propuesto hacernos la vida imposible, para que no mantengamos vivo aquello que nos sostiene y vivifica cada día y fracasemos en la lucha. Dice 1 Tesalonicenses 5:8, así: “PERO NOSOTROS QUE SOMOS DEL DIA, SEAMOS SOBRIOS, HABIENDONOS VESTIDO DE LA CORAZA DE LA FE Y DEL AMOR, Y CON LA ESPERANZA DE SALVACION COMO CASCO”. Por eso más que nunca, ahora debemos guardar este tesoro maravilloso que Dios nos dio, y trabajar con esta esperanza cada día, compartiéndola a otros para que la vida eterna que viene a través suyo, se derrame abundantemente, recordando siempre que son tres los elementos más maravillosos que Dios nos dio para hacer su obra y llegar a la meta; y uno de ellos es la esperanza; Dice 1 Corintios 13:13: “AHORA PERMANECEN LA FE, LA ESPERANZA Y EL AMOR, ESTOS TRES; PERO EL MAYOR DE ELLOS ES EL AMOR”.

Que el Señor los bendiga ricamente!

Si alguno de ustedes reside en España, y desea comunicarse con el hermano Gabriel, pueden hacerlo llamándolo a los teléfonos que aparecen al inicio de este artículo.