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Médico Internista e Intensivista, y estudioso de las Santas Escrituras (La Biblia), y un predicador incansable del verdadero monoteísmo bíblico, y sobre todo, del mensaje o evangelio del Reino de Dios, que es la única esperanza que tiene este mundo para sobrevivir a su destrucción total.

lunes, 8 de agosto de 2011

EL GLORIOSO PRIMER DIA DE LA SEMANA

Por el Dr. Javier Rivas Martínez (MD)

«... los cristianos no deben volver a la esclavitud de reglas ajenas, o al criterio de los demás sobre su comida o el «día de reposo» que van observar (Col. 2:16-17). Es asunto de la conciencia de cada uno, y no de mandatos. Uno guarda un «día de reposo», y otro guarda otro, o dice que todos son iguales. Que cada uno tenga sus propias convicciones, pero que no trate de imponerlas a otros (Ro.14:1-6). Vivimos ahora bajo el «Nuevo Pacto» profetizado por Jeremías, y no bajo la Ley dada a Moisés» (Heb. 8:8-13). Luisa Jeter de Walker.

Para los Adventistas del Séptimo Día, el “sabbaton” que aparece en Co.2:16, no se relaciona con los sábados de cada semana, el que se guardaba como el cuarto mandamiento en la [Ley Mosaica]. Para el Adventismo, este “sabbaton”, o “día de reposo”, no es más que un “día ceremonial o de fiesta” (anual), como el de las “lunas nuevas”, de tal modo que la observancia del sábado semanal no ha quedado depuesto; en realidad, esto no deja de ser una intolerante inferencia para los que conoce bien de la Palabra de Dios. El término [sabbaton] equivale con garantía a la locución «día de reposo», el del cuarto mandamiento. Se halla en el Nuevo Testamento unas [sesenta veces] y su significado, en este muy considerable número de apariciones, [no cambia]. Josefo (Ant. III. 10, 1) explica de un modo expreso el «séptimo día» como denominado «sabbata» (forma plural como aquí, un esfuerzo para transliterar el arameo sabbathah). Únicamente para los Adventistas tiene un significado totalmente diferente en Col. 2:16; pero en realidad, no vemos razón alguna para alterar su significado real. Existen reglas para la cuerda interpretación de las Escrituras, y no las podemos alterar. Cuidado con esto. Aseveraciones torpes y legalistas del corazón humano... no queda más explicación que esta. Si el Nuevo Pacto disuelve o da por terminada la obligación de observar las fiestas anuales, los ritos de purificación, los sacrificios de animales para la expiación de los pecados para los de la nación israelita, obviamente la observancia del cuarto mandamiento queda abolida también, puesto que la «observancia del sábado era el sello mismo indiscutible de la antigua Dispensación... y fue para Israel, y no para otra nación del mundo... de cualquier tiempo». No es complicado ver que los Adventistas han caído en sus propias contradicciones que defienden, a “capa y espada”, con “fiero mandoble medieval”, como si fueran correctas.

Para los Adventistas, el observar el «séptimo día» es parte de la Ley moral la cual continúa validada en esta Nueva Dispensación, la de la Gracia; para ellos, no tiene ningún vínculo o nexo con las fiestas y comidas judías, a las que llaman los Adventistas “ritos ceremoniales” (La Biblia jamás, nunca de los nuncas, habla de una “Ley moral” ni de otra “Ley ceremonial”... La Ley es [UNA Y NO DOS]. Vea y corrobore esto en Ex.12:49 y Núm 15:15; lo otro, es una “puntadilla” desabrida y pálida del Adventismo del Séptimo Día. Ya analizamos que la palabra [sabbaton] señala el [día de reposo que pertenece al cuarto mandamiento de la Ley divina], porque no posee un significado distinto en las [sesenta ocasiones que aparece en el Nuevo Testamento]. Pablo además engloba otras prácticas de la Ley, de la llamada por los Adventistas “ceremonial, pero por lo visto, el significado de la palabra “sabbaton” en Col:2:16, no se refirere, según el Adventismo, al cuarto mandamiento o día de reposo semanal (¿?) , sino a otra práctica, al “día de reposo anual de la Ley ceremonial que ya quedó abolida”. ¡Vaya movimiento sagaz de la conveniencia humana! El ser humano es una máquina de errores tremendos, y más lo es si no es orientado por el Espíritu de Dios.

Resumiendo escuetamente: Lo que Pablo nos quiere trasmitir en Col. 2:14-16, es que la observancia de los días de resposo (cuarto mandamiento: sabbaton), las fiestas y comidas religiosas ejercidas por el Pueblo judío, fueron «tipos», «símbolos espirituales que se disiparon, como la “sombra” que fueron». La sombra dejó de ser, en definitiva: se esfumó cual liviano humo, y las realidades espirituales se cristalizaron, surgieron tan palpablemente, en el tiempo glorioso de la Gracia, con Jesucristo, el Hijo de Dios: «...todo lo cual es sombra; pero el cuerpo es de Cristo» (Col. 2:17). Cristo ha traído en su Obra Piadosa «el descanso espiritual»: Leamos este interesante y hermoso comentario:

«... celebramos algo mayor que el [descanso después de la creación y de la liberación de los israelitas de Egipto]. Es la resurrección de Cristo, cuando él reposó de su obra redentora, habiendo logrado para nosotros un reposo espiritual y liberación del dominio de la muerte». (enfatizo con corchetes).

Por tal cuestión, el autor de la carta a los Hebreos nos dice así:

«Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre» (Heb.2:14-15).

«... [anulando el acta de los decretos] que había contra nosotros, que nos era contraria, [quitándola de en medio y clavándola en la cruz], y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz» (Col.2:14-15).

En la segunda carta a los Corintios, el apóstol de Tarso nos expresa lo siguiente:

«¿Comenzamos otra vez a recomendarnos a nosotros mismos? ¿O tenemos necesidad, como algunos, de cartas de recomendación para vosotros, o de recomendación de vosotros? [Nuestras cartas sois vosotros], [escritas en nuestros corazones], [conocidas y leídas por todos los hombres]; siendo manifiesto que [sois carta de Cristo expedida por nosotros, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo]; [no en tablas de piedra], sino en [tablas de carne del corazón]. Y tal confianza tenemos mediante Cristo para con Dios; no que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios, el cual asimismo nos hizo ministros [competentes de un nuevo pacto], [no de la letra, sino del espíritu]; [porque la letra mata, mas el espíritu vivifica]. Y si el [ministerio de muerte grabado con letras en piedras fue con gloria], tanto que los hijos de Israel no pudieron fijar la vista en el rostro de Moisés a causa de la gloria de su rostro, [la cual había de perecer], [¿cómo no será más bien con gloria el ministerio del espíritu?] Porque si el [ministerio de condenación fue con gloria], [mucho más abundará en gloria el ministerio de justificación]. Porque aun lo que [fue glorioso], [no es glorioso en este respecto], [en comparación con la gloria más eminente]. Porque [si lo que perece tuvo gloria], [mucho más glorioso será lo que permanece]. Así que, teniendo tal esperanza, usamos de mucha franqueza; y no como Moisés, que ponía un velo sobre su rostro, para que los hijos de Israel no fijaran la vista en el [fin de aquello que había de ser abolido]. Pero el entendimiento de ellos se embotó; porque hasta el día de hoy, cuando [leen el antiguo pacto], [les queda el mismo velo no descubierto], [el cual por Cristo es quitado]. Y aun hasta el día de hoy, cuando se lee a Moisés, [el velo está puesto sobre el corazón de ellos]. Pero cuando se [conviertan al Señor], [el velo se quitará]. Porque [el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad]. Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por [el Espíritu del Señor»] (2 Co.3:1-18). Enfatizo puntos importantes con corchetes.

La Ley no fue otorgada como un medio para que los hombres pecadores fueran salvos. La Ley no es un “soporte”, una “base” o un “bastón” de apoyo para que la Gracia desempeñe, con efecto, espero que me explique, la salvación, la redención a través de Jesucristo en los hombres perdidos por causa de su «naturaleza pecadora», inclinada siempre al mal, sino que la Ley, amable y querido lector, Adventista, atención, es un medio para [«comprenderla»]. La Ley es una «descripción», una «expresión», un «esquema», una «gráfica» de los sucesos salvíficos que son develados en el Nuevo Testamento y que [confluyen] en Cristo. La Ley no salva a nadie. La justicia no es por la Ley, sino por Jesucristo, «el autor y consumador de la fe» (Heb.12:2). Si por la Ley el hombre es justificado, entonces, ¿qué razón tiene qué Cristo haya muerto en la cruenta cruz del Calvario? ¿Acaso no está claro lo qué el apóstol Pablo expresa de esto?

«No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo» (Gal.2:21).

Pablo, en la segunda a los Corintios, en el capítulo 3, trata el asunto del Nuevo Pacto, exactamene lo profetizado en Jer. 31:31-34 y que es explicado con prolijidad en Heb. 8-10. Pablo muestra en su explanación un enorme número de [desemejanzas] para comprobar la incuestionable «superioridad» del [Nuevo Pacto] con [el Viejo Pacto], el de Ley. Lo más probable es que se tratará de una advertencia contra los judaizantes, errados maestros que pretendían subyugar a los Corintios con obligaciones legalistas irrelevantes, tal como lo hacen hoy los Adventistas del Séptimo Día, secta anticristiana que ha hecho del sacrificio sustitutivo de Cristo uno «insuficiente por sí mismo para otorgar salvación a los perdidos y condenados al Horno de Fuego».

Y para reiterar lo dicho con previedad:

«¿Luego la ley es contraria a las promesas de Dios? En ninguna manera; porque si la ley dada pudiera vivificar, la justicia fuera verdaderamente por la ley» (Gal.3:21).

Señores del tergiversado Adventismo del Séptimo Día, que condenan a las llamas infernales a los que guardan el veradero día de reposo, el de la Nueva Creación, el del «primer día de la semana», el «domingo», día en que el Señor fue desatado de los lazos de la muerte, resucitando gloriosamente. Y discúlpenme mi exponer crudo, el cual veo bien justificado, por dudar de que sean personas convertidas, porque el verdadero hombre convertido, jamás tendría dificultades en lograr captar con grande sencillez estas cosas tratadas, las que ustedes no logran comprender, porque esa gruesa y engrasada venda ceñida delante de sus ojos, tan aletargados espiritulmente, les impide apreciar con nitidez la verdad... tal como debe ser: No les es posible entender que la Ley [no podía dar vida] «por cuanto era débil por la carne» (Ro.8:3). Compréndase, señores, que integran esta rotunda falsedad, que los textos Escriturales que prometen dar [vida] por guardar la Ley, como Lv.18:5; Neh.9:29; Ez. 18:5-9; Ro.7:10; 10:5; Gal. 3:12, Mt.19:17, lo hacen tomando en cuenta al hombre como si [no tuviese una naturaleza inclinada a pecar], de tal modo que pudiera cumplir, idealmente, con todos los preceptos y mandatos que emanan de la voluntad empírea y santa. Por su naturaleza pecadora, como comentabamos en líneas atrás, el hombre no es capaz de guardar la Ley, y el corolario de esto es: «la imposibilidad de ser justificado para vida eterna». La Ley le muestra al hombre que es un vil pecador, “de primera clase” (heavy duty). Aparte, la Ley le muestra al hombre la santidad de Dios, y lo conduce, por supuesto, a Cristo.

La Ley «acentúa el conocimiento del pecado» al hombre.

El hombre sabe que es un pecador, porque su conciencia le certifica que lo es. Por la Ley impresa de Dios, el conocimiento del pecado, es «vigorizado»:

«Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios;
ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado» (Ro.3:19:20).

Y en otra parte de este mismo libro:

«¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? En ninguna manera. Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás» (Ro.7:7).

Ahora, el pecado, en su conocimiento, es tenido como «transgresión»:

«Pues antes de la ley, había pecado en el mundo; pero donde no hay ley, no se inculpa de pecado (Ro.5:13).

La Ley nos devela la «santidad» del Dios Altisímo:

«De manera que la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno» (Ro.7:12).

En el Antiguo Testamento aquellas ceremonias, rituales, el tabernáculo, el atrio, el lugar santo, el lugar santísimo, la mediación del sacerdocio levítico, el Decálogo, no tuvieron otro fin más que demostrar el carácter santo de Dios... rito y piedra, sólo sombra fue.

La Ley «orienta» al pecador a Cristo.

Advenistas: El Señor Jesucristo fue quien le dio cumplimiento a la Ley para que el pecador pudiera ser «justificado ante Dios». Pablo llama a la Ley un «paidagoges» (Gr.), o un «ayo», o sea, un «instructor», «pedagogo», «guía», u «orientador»: «... para llevarnos a Cristo»:

«De manera que la ley ha sido nuestro ayo, [para llevarnos a Cristo], a fin de que fuésemos justificados por la fe» (Ro.3:24). (Enfatizo con corchetes).

Adventistas: Estándose en Cristo, el «ayo», es decir, la «Ley», nada tiene que ver con los hombres convertidos, porque vienen a ser hijos de Dios por la fe en Jesucristo. Confirmamos esto con palabras del apóstol Pablo:

«Pero venida la fe, ya no estamos bajo [ayo], pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús...»(Gal.3:25-26).

En la antigüedad, en los hogares romanos, el «paidagoges» habitualmente era un «esclavo de suprema confianza», cuando se le encomendaba la instrucción moral de los pequeños. El [orientaba], [enseñaba], [aleccionaba], [educaba al niño], a su [discípulo] con perspectivas al futuro. De la misma forma, la Ley prepara a las personas que son [tendentes] a Cristo.

El creyente en Cristo, no esta bajo la Ley, sino bajo la Gracia (Ro.6:15). No deberá mal entenderse que el creyente en Cristo es una persona ajena a la [Ley], porque no está bajo ella: Pablo explica en el Libro a los Romanos que el creyente, al «estar muerto en Cristo, mas vivo en su resurrección», establece al creyente en una postura o lugar en que «Cristo vive en el creyente». De tal modo que Cristo vive su vida en el creyente y así cumple y satisface los requisitos justos de la Ley para con el creyente que lo ha aceptado, y, debidamente, lo comprobamos:

«... porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree» (Ro.10:4).

Por lo tanto:

«... el creyente no está bajo la Ley, sino que Cristo con su vida está cumpliendo los requisitos dentro del creyente».

En la carta a los Gálatas, el apóstol Pablo explica que había creyentes que eran judaizados. Muchos de estos creyentes fueron convencidos para guardar las obras de la Ley como medio de salvación. Si Cristo había sido el «fin de la Ley», ¿para qué requerir de sus obras para salvarse?. Lo único que los Gálatas tenían que hacer, era dejar que Cristo «viviera en ellos». Nadie es justificado por las obras de la Ley, y el cuarto mandamiento, está incluido en la “lista”, en el embalaje, porque es parte de la Ley mosaica. En 2 Co. 3:11, como un agregado, dice: «Porque si lo que perece tuvo gloria (la Ley), mucho más glorioso será lo que permanece» (la Gracia). Tan claro como el agua potable.

«... sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado» (Gal.2:16).

«Porque yo por la ley soy muerto para la ley, a fin de vivir para Dios. Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gal.2:19-20).

¿Cómo es que Cristo exactamente cumplió la Ley para darle fin?

El mismo Cristo dijo que «vino a cumplir la Ley» (véase Mt.5:17). Para que esto se diera, Cristo procedió a un acto de obediencia, acreditándose la pena imputada justamente a los hombres pecadores que habían injuriado la Ley, muriendo para tal caso en la cruz del Calvario:

«... y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Fil.2:8).

«Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos» (Ro.5:19).

Como Cristo nació bajo los designios de la Ley (Gal.4:4), en la extinguida y vieja Dispensación, y por ser «Uno» perteneciente a la familia humana, fue consecuente, necesariamente, y por el eterno bien de la humanidad, con dicha Ley. Para cumplirla, debía «guardarla», y además, como «miembro» de la raza humana, tenía que pagar el castigo que la Ley demandaba a todo hombre que la había violentado. Con el castigo sufrido en el burdo madero, «Cristo cumplió con la Ley».

Es tan importante aseverar que Cristo no sólo se sujetó a la Ley para cumplirla, sino que cumplió los [aspectos antitípicos] de ésta. Los modelos del sacrificio de animales puros del culto levítico, fueron consumados de una vez por todas por Cristo, en su sacrificio espantosamente doloroso y sangriento (¡Oh Dios, tan bueno y misericordioso has sido con nosotros, los soberbios y necios hombres!). Leamos lo que dice al respecto el autor de los Hebreos (Léase para que se entienda, por favor, amable y aprecidado lector):

«Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación, y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención. Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?» (Heb.9:11-14).

«Y casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión. Fue, pues, necesario que las figuras de las cosas celestiales fuesen purificadas así; pero las cosas celestiales mismas, con mejores sacrificios que estos. Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios; y no para ofrecerse muchas veces, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado. Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan» (Heb.9:22-28).

Al derramar Cristo su sangre, la «remisión de pecados» pudo darse, porque la Ley exigía este «derramamiento para remisión» (Heb.9:22; 10:1-19). La Ley demandó un sustituto por el pecado (véase Lev. 1:1-4): El Señor Jesucristo «padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos», según vemos en 1 P. 3:18. La Ley implica una conciencia de culpa o de pecado del parte del que ofrece (Lev. 17:11): Cristo se ofreció él mismo a Dios: «... un sacrificio por los pecados» (Heb.10:12). Cristo, quien no conoció pecado, Dios «por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él» (2 Co.5:21). ¿Está claro?

Con su muerte, Cristo es el «fin de la ley para todos los que creen» (Ro.10:4). Cristo sufrio la pena, el castigo como el Hombre que era, pero sin pecado («el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo»), como el «antitipo que surge de las sombras del Antiguo Testamento», el que se visualiza tan lejanamente en el sacrificio de animales puros, conforme al culto levítico pasado y extinto. Cristo «expió el pecado del mundo, no porque era Dios, sino que su naturaleza humana excepcional, pura y sin mancha, fue determinante para el acto de la redención»: «De la sombra a la objetividad». Tan simple la cuestión es. Así tienen que entenderlo, ustedes, hombres y mujeres del “mundillo” protestante.

Entiendan, además, Adventistas: «Las obras humanas son inoperantes para garantizar una relación conveniente con el Divino y Majestuoso Dios». Los seres humanos son incapaces de permanecer en todas las cosas escritas en el libro de la Ley para cumplirlas, y el cuarto mandamiento, pertencece a la Ley pasada y no al tiempo de la Gracia. La maldición de la Ley fue abolida con la muerte de Cristo. La maldición, sencillamente, no puede ser rescindida, según vemos en Deut. 27:26. Los que dejen de cumplir [un solo punto de la Ley], caen bajo la maldición. Pero de tal maldición, es probable conseguir la «redención», porque Cristo se tornó en aquel «sustituto» que recibe el peso de esta maldición. Se apela a la Ley para confirmar el hecho de que: «el que es colgado en un madero es maldito» (Deut.21:33).

Cristo, para este tiempo de la Gracia, nos otorga «un nuevo mandamiento», el «mandamiento que se funda en el verdadero amor»: «el amor entre uno y otros»:

«Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros» (Jn.13:34).

Que junto con el «amor a Dios», se fundamenta, enteramente, «la Ley y los profetas»:

«Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas» (Mt.22:37-40).

En la primera de sus cartas, Juan escribe:

«Hermanos, no os escribo mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo que habéis tenido desde el principio; este mandamiento antiguo es la palabra que habéis oído desde el principio. Sin embargo, os escribo un mandamiento nuevo, que es verdadero en él y en vosotros, porque las tinieblas van pasando, y la luz verdadera ya alumbra» (1 Jn.2:7-8).

¿Puede ser un mandamiento «antiguo» y «nuevo» a la vez? Parece que aquí hay una disyuntiva muy cuestionable, inexcusable, una contradicción, pero, en realidad, no es así. Juan habla en estos versos del «amor recíproco», del «amor mutuo». Y esto es demostrable en los versos que siguen de la misma carta. Los primeros cristianos no estaban ignorantes de la importancia del «amor mutuo»:

«El que dice que está en la luz, y aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas.
El que ama a su hermano, permanece en la luz, y en él no hay tropiezo.
Pero el que aborrece a su hermano está en tinieblas, y anda en tinieblas, y no sabe a dónde va, porque las tinieblas le han cegado los ojos» (1 Jn.9:2-11).

Estos preceptos son «antiguos», porque Dios las estableció desde un principio. Nunca fueron ideas de quien escribió esta carta. Veamos los textos que hacen referencia a esto:

«Porque este es el mensaje que habéis oído desde el principio: Que nos amemos unos a otros» (1 Jn.3:11).

«Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano» (1 Jn.4:21).

«Y ahora te ruego, señora, no como escribiéndote un nuevo mandamiento, sino el que hemos tenido desde el principio, que nos amemos unos a otros.Y este es el amor, que andemos según sus mandamientos. Este es el mandamiento: que andéis en amor, como vosotros habéis oído desde el principio (2 Jn. 1:5, 6).

«No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo.Yo Jehová» (Lev.19:18).

«Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt.22:30).

Cristo dio a sus santos discípulos un mandamiento «nuevo» : «Amaos los unos a los otros» (Jn.13:34... compárese con Jn. 15:12; 1 Jn. 3:23; 2 Jn. 5). Es [nuevo] porque pertenece a una «nueva era», la de Jesucristo, donde la Ley, y el cuarto mandamiento que es parte de ella, ha quedado suprimida por obsoleta.

Atención en esto, mucha atención: Habíamos mencionado que la Biblia en ninguna parte del Antiguo Testamento divide una Ley mosaica o ceremonial de una Ley moral que es la de los Diez Mandamientos. La Ley es una, con sus ritos ceremoniales y con sus Diez Mandamientos. Para los Adventistas los decretos que fueron clavados en la cruz fueron los de la Ley ceremonial y que comprende “640 decretos u ordenazas”, pero no la de los Diez Mandamientos, es decir, la Ley de Dios. Los Adventistas del Séptimo Día no comprenden que los Mandamientos escritos en las Tablas de Piedra en el Antiguo Testamento han sido «visualizados» desde un punto de vista totalmente diferente en el tiempo de la Nueva Dispensación (Nuevo Testamento). No aprecian que los Diez Mandamientos han quedado para este tiempo sintetizados y establecidos, en los planes de Dios, en «dos importantes e invariables Mandamientos»: «Amarás a Dios», como el primero, y «Amarás a tu prójimo como a ti mismo», como el segundo... no hay más. El descarte del [cuarto mandamiento] quedará explicado y justificado más adelante en este bien intencionado escrito, libre de cualquier interés egocéntrico. Para el Adventismo, la Ley ceremonial es la única que en realidad fue abolida... fue la que quedó clavada en la cruz... los decretos que la componían: los [decretos que eran contrarios a nosotros]. Un autorAdventista comenta sobre la Ley mosaica, el Libro de Moisés: el de ritos y ceremonias:

«... era un mero libro de textos para preparar al pueblo de Dios para el tiempo cuando Cristo vendría para traer una reforma».

Es decir, inconsecuente para la Iglesia de Cristo, desde que se formalizó... y para siempre. En esto, no discutimos, ya que estas prácticas cremoniales eran [sombra de lo venidero, de Cristo, su realidad]. Mas para el Adventismo, la Ley de Dios, como el Decálogo escrito en las tablas de piedra, la de los Diez Mandamientos, está vigente en esta época de la Divina Gracia. Los Adventistas parecen ignorar la invalidez propuesta por el apóstol Pablo de estos «mandatos pasados y escritos en las tablas de piedra», según vemos, para ser precisos, en en 2 Co.3:3:

«... siendo manifiesto que sois carta de Cristo expedida por nosotros, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; [no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón]». (Enfatizado con grandes corchetes).

Pablo aquí infiere como [invalidada] la función de los mandatos que estaban escritos en «tablas de piedra» en el Antiguo Testamento (véase Deut. 10:1-5). Los mandatos y ordenanzas del Dios amoroso se hallan inscritos ahora en las «Tablas de los Corazones» de los creyentes auténticamente convertidos a Cristo, según el Nuevo Pacto vaticinado en el libro del profeta Jeremías en el Antiguo Testamento (véase Jer. 31:31-34).

Con relación a esto:

Existen algunas diferencias lo bastante marcadas entre el Antiguo Pacto y el Nuevo Pacto (Jer.31:32; Gén. 9:13). El Pacto sinaítico, el antiguo, requería obediencia, mientras que el Nuevo Pacto ofrece perdón de pecados. El Antiguo Pacto fue escrito en «Tablas de Piedra», mientras que el Nuevo Pacto es cincelado con firmeza en los corazones sinceros y leales de los del Pueblo de Dios (mírese Ez. 36:26-27). El Antiguo Pacto se concertó entre Dios y la nación de Israel, pero no con otros pueblos o naciones de la tierra. Por otro lado, el Nuevo Pacto es un convenio entre Dios y todos los creyentes en Cristo. En la base del Nuevo Pacto existe el hecho de que Dios es todo. Dios hará de su pueblo, lo que en realidad debe ser, conforme a su perfecta y soberana voluntad: un pueblo santo y obediente a él. El Nuevo Pacto comprende a Judíos y a Gentiles convertidos a Cristo (Ef.2:14-15). El Nuevo Pacto entró en vigor con la muerte expiatoria de Cristo. Todos los creyentes en Cristo, los que formalizan su Iglesia, su Cuerpo, en la presente era, son receptores de los beneficios del Nuevo Pacto. El Nuevo Pacto, según Jer.31:31-34, se debía concertar con la «Casa de Israel y la Casa de Judá». En Heb. 8:8, es obvio que se emplea para los creyentes de la Dispensación actual. Lo más probable es que deberá comprenderse que esta promesa escrita en el libro de Jeremías se ve cumplida escatológicamente con la segunda venida de Cristo; y soteriológicamente con la destitución de todos los sistemas terrenales imperantes.

En la Nueva Dispensación, la de la Gracia, Cristo se desempeña como el único medio, como el «Puente seguro para llegar a Dios». El cuarto mandamiento no es un “bordón” para que el hombre se allegue a Dios, a parte de Jesucristo, el Salvador del Mundo, como lo tiene contemplado el Adventista, por lo que vemos. Con esto, le ha dado un valor insignificante a la muerte de Cristo para expiar el pecado; ha hecho del sacrificio vicario de Cristo un “penique” para redimir a los hombres de toda maldad que condena eternamente ¡Inaudito, amados amigos que nos visitan!:

«Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí» (Jn.14:6).

«Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos, de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo» (1 Tim.2:5-6).

Cristo cumplió con la Ley, incluso con el [cuarto mandamiento], al que pertenecía. Cristo fue el fin de ella. El Pacto de la Ley nunca intentó ser el media para la salvación de los hombres contradictorios y pecadores ante Dios. Este Pacto, fue «solemnizado por la nación israelita después de su liberación de esclavitud en la tierra de Egipto, con sangre y el terrible poder divino». Dios anhelaba dejarles un estatuto santo a quienes había libertado y que componían su Pueblo escogido con el propósito de tener una mejor relación con éstos. Para esto, les dejó la Ley, sólo, otra vez, “sólo a ellos”, y no a los individuos de todos los tiemspos del resto de las naciones paganas; y enfatizo, pasados, presentes y futuros. Esta Ley se fundamentaba en el «amor», en una «santa reverencia a Dios», en un «agradecimiento» por haberlos liberado de tantos y largos años de servidumbre.

Dios había restablecido con la nación de Israel una íntegra y adecuada relación, y fue por medio de su célica y bendita Gracia. De tal manera que Israel, ya era su «Pueblo Escogido».

Los del Pueblo de Israel habían prometido a Dios ser fieles a sus mandatos establecidos en su Ley, pero no tuvieron mucho en cuenta sus debilidades humanas, su inclinación para hacer lo malo, como lo observamos una y otra vez en muchísimos pasajes del Antiguo Testamento. Los de la nación de Israel, pensaron que el Pacto era uno “sin restricciones ni condiciones...” y pasaron por alto, obedecerlo con amor. Con soberbia, creyeron que era suficiente ser hijos de Abraham para lograr el “beneficio y protección” del Creador. En realidad, la cosa distaba mucho de ser de tal modo (... léalo por favor, amado visitante, y recuerde a los farsantes y obstinados fariseos en el Nuevo Testamento, cuando encaraban con enorme torpeza y falso orgullo espiritual al Salvador del mundo):

«No fiéis en palabras de mentira, diciendo: Templo de Jehová, templo de Jehová, templo de Jehová es este. Pero si mejorareis cumplidamente vuestros caminos y vuestras obras; si con verdad hiciereis justicia entre el hombre y su prójimo, y no oprimiereis al extranjero, al huérfano y a la viuda, ni en este lugar derramareis la sangre inocente, ni anduviereis en pos de dioses ajenos para mal vuestro, os haré morar en este lugar, en la tierra que di a vuestros padres para siempre. He aquí, vosotros confiáis en palabras de mentira, que no aprovechan. Hurtando, matando, adulterando, jurando en falso, e incensando a Baal, y andando tras dioses extraños que no conocisteis, ¿vendréis y os pondréis delante de mí en esta casa sobre la cual es invocado mi nombre, y diréis: Librados somos; para seguir haciendo todas estas abominaciones? ¿Es cueva de ladrones delante de vuestros ojos esta casa sobre la cual es invocado mi nombre? He aquí que también yo lo veo, dice Jehová. Andad ahora a mi lugar en Silo, donde hice morar mi nombre al principio, y ved lo que le hice por la maldad de mi pueblo Israel. Ahora, pues, por cuanto vosotros habéis hecho todas estas obras, dice Jehová, y aunque os hablé desde temprano y sin cesar, no oísteis, y os llamé, y no respondisteis; haré también a esta casa sobre la cual es invocado mi nombre, en la que vosotros confiáis, y a este lugar que di a vosotros y a vuestros padres, como hice a Silo. Os echaré de mi presencia, como eché a todos vuestros hermanos, a toda la generación de Efraín. Tú, pues, no ores por este pueblo, ni levantes por ellos clamor ni oración, ni me ruegues; porque no te oiré» (Jer.7:4-16).

«...y no penséis decir dentro de vosotros mismos: A Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras» (Mt.3:9).

El Adventista vano y ritualista, debería de tener en mente, muy firmemente, que la salvación del Pueblo de Israel fue por pura «Gracia», y «no por obediencia», ya que hemos estimado para este caso, la naturaleza caída y rebelde del ser humano. Con Israel, en el Antiguo Testamento, no era posible obtener la salvación únicamente por obediencia, pero por desobediencia, la salvación si era posible perderla. La salvación por Gracia, no fue algo nuevo en la actual Dispensación. Adventistas, antes de la Ley, de la que ustedes han obtenido un “punto de soporte directo” para la justificación hogaño, la «salvación era por Gracia». Antes del Pacto de la Ley, no con todo el mundo, sino con Israel, Abraham creyó, confió en su Señor y Rey celestial, y «le fue contado por justicia» (Gen. 15:6). ¿Entienden esto amigos Adventistas? Abraham fue conisderado como un hombre justo ante su Creador, alguien aceptable sobre el fundamento de la Divina Gracia. Ningun rito, aparte de esto, le fue exigido al llamado «padre de la fe». Los Diez Mandamientos, excepto el «cuarto», son recordados con constancia a lo largo del Nuevo Testamento. En el Concilio de Jerusalén, en el libro de los Hechos, capítulo 15, ni siquiera se menciona como una norma obligada a seguir por los creyentes en Cristo... no es algo extrañable, en lo más mínimo. Entonces, ¿para qué guardarlo, pregunto, Adventistas?

Un autor bíblico comenta con completa certidumbre:

«La Ley era un maestro para enseñar a Israel a través de los siglos y ayudarlo a permanecer en contacto con Dios (Gal. 3:24). Pero junto con la Ley fue instituido para que el pecado fuese quitado, un sistema de sacrificios y ceremonias. Así se enseñó que la salvación es por Gracia. Los profetas posteriores demostraron que sin fe y amor las formas, ceremonias y sacrificios de la Ley de nada valían (véase Miq. 6:6-8; Amós 5:21, 24; Os. 6:6: Is. 1:1:15... ».

El cuarto mandamiento, no deja en este día de ser un rito muerto tan sólo. Elena White, en su locura mística, por una anormal despolarización de sus neuronas, a causa del severo golpe que presentó años atrás en su cabeza, experimentó ilusiones vívidas religiosas que no se ensamblaban correctamente con los designios del Dios y Señor Soberano: «se derrumbó en las complacientes y adherentes mieles del fanatismo religioso. Y no solamente esto, sino que se asentó para no moverse nunca de las cómodas y cálidas “colchas” del plagio indecoroso». ¡Qué horribles estragos ha provocado esta fatal mujer en tanta gente por su ignorancia espiritual!... por inadvertidos.

Dios escribió los Diez Mandamientos sobre las «Tablas de Piedra». Éstas fueron puestas en el Arca del Testimonio por tiempo prolongado para recordarles a los de la nación de Israel, y no a la «Iglesia», que en ella se hallaba su Ley y que debían obedecerla incondicionalmente.

Los cuatro primeros mandamientos (el cuarto, es la observancia del sábado), trata de las relaciones apropiadas que deben de regirse entre los hombres y Dios. Ahora, en esta Dispensación en vigencia, estos cuatro mandamientos, «exceptuando el cuarto», como dijimos ya, se resumen, en un [«todo»], como el mandamiento de mayor importancia en la Biblia y el cual conocemos como el «primer mandamiento», y que es «amar a Dios sobre todas las cosas»:

«Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley? Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento (Mt.22:36-38).

Los otros mandamientos, hablan de las buenas relaciones entre cada uno de los hombres de este mundo, y se resumen en esta Nueva Dispensación como lo que conocemos como el «segundo mandamiento», que habla del «amor entre los hombres», que es un amor «desinteresado», «genuino», «puro» y «santo», que nace del amor de Dios en los corazones los creyentes («amor ágape»)... no hay otro más:

«Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt.22:39).

Únicamente, los que aman a Dios, Adventista, pueden «amar a su prójimo» con completa franqueza... ¿lo haces tú, en realidad, sinceramente, Adventista, a parte de practicar el rito de la fútil y apagada observancia sabática de la Ley pasada, de las dietas vanas que llevas en tu torcida convicción como costumbre, y que fueron auspiciadas por una hiperrreligiosa y trastornada mujer, una neo-farisiaca y deshonesta palgiaria (lo de su “santa y devota adicción a plagiar”, está bien investigado, si no lo sabes Adventista), cuyo nombre fue el de Elena White? ¡Oh, Adventista confeso!: ¡cómo te hace falta investigar si refutas esta verdad plasmada, este escrito tan bien intencionado, si lo rechazas antes de analizarlo con detalle y circunspección!... te reto que lo hagas... con [escrutinio bíblico concienzudo, como condición].

Diré algo que con anterioridad he mencionado. Y si es posible, mañana, o pasado mañana, persistiré en mencionarlo con la intención de que se comprenda bien. Pero como hemos dicho antes también, a nadie se le obliga a aceptar de buena gana lo que escribimos, a creerlo “a fuerza”, ya que no pertenecemos a una secta fanática como la de los mal nombrados, por indignos ante Dios, “Testigos de Jehová”, que es “archi-recontra-súper-reconocida” por su «necedad e intimidación» (permítanme la norteamericana expresión de asombro: wow!). Tampoco somos unos encubiertos sectarios como el falso maestro, hereje e hijo del diablo que se hace llamar “ARMANDO LÓPEZ GOLART”, que desesperada e hipócritamente trata de persuadir con mañosa actitud al “cibernauta” serio e interesado en las Cosas de Dios, con una sarta de mentiras irrisorias religiosas, sino que somos, en buena lid, cristianos verdaderos que anhelamos con todo el alma que otros entiendan, que asimilen las verdades fundamentales salvíficas que reposan en la Santa Biblia. Para esto, Dios nos ha puesto aquí... y para frustración de muchos apóstatas y religiosos engañados, «el canguro tiene todavía mucha fuerza en las piernas para saltar hartas leguas de terrenos escabrosos». No me he olvidado de lo que comente al principio de este segmento:

¿Qué es la observancia del sábado hoy para el cristiano? Tan sólo un recuerdo para éste de la “creación material antigua”, ahora “caída por efecto del pecado”. El sábado, su observancia, era parte de la Ley mosaica, abolida por Cristo en la cruz del Calvario hace casi dos mil años (Col.2:14). La observancia del sábado dejó de tener función para el beneficio del creyente en esta Nueva Dispensación. Dios demanda obediencia, demanda que los creyentes lo «amen sobre todas las cosas», y demanda también que los hijos de Dios se «amen unos a otros». Los rituales de la vieja Dispensación, son [obsoletos] para el tiempo de la Gracia. Para nada sirven, porque están [caducos].

La Ley fue entregada por Dios «únicamente a la nación de Israel» y a los «extranjeros dentro de sus puertas» (Lev. 16:29; 18:26). El cuarto mandamiento de esta Ley fue la observancia del séptimo día para que fuese santificado (Ex. 20:8-11). Nunca fue una ordenanza para el resto de la humanidad, en general. El sábado fue parte del Antiguo Pacto, el de la Ley: un Pacto entre Dios y la nación israelita solamente (véase por favor, Neh. 9:7-14). La observancia del sábado, fue señal del Pacto para Israel y no para otros pueblos del mundo antiguo... ni para los de la actualidad, recalco hasta “colmar”. Fue «un memorial de la liberación del Pueblo Judío de la esclavitud de Egipto y que duró más de cuatroscientos años» (Gen.15:13).

En este tiempo de la maravillosa y divina Gracia, como creyentes en Cristo, esperamos «la restitución de todas cosas» (Hech.3:21), «el mundo venidero» (Heb.2:5), «en la regeneración» (Mt.19:28). El mundo dede ser restituido como al principio de su fundación, para que el «Rey de reyes y Señor de Señores», Jesucristo, el «Jefe de la Nueva Creación de Dios», lo gobierne por [mil años literales], según lo vemos en el libro de Apocalipsis (léase con detenimiento el capítulo 20 de este libro... todo, por favor, querido lector, para que comprenda su secuencial y lógica cronología). ¿Tendrá caso alguno observar un “día” qué conmemora la “creación antigua” tan echada a perder hasta el tiempo presente por causa del pecado, si Dios regenerará lo “caído” a la gloriosa condición primaria? Amigos míos... ¡seguro qué no!

Nosotros celebramos el «Primer Día de la Semana» porque nos hace recordar a quien Dios levantó de entre los muertos en portentosa resurrección (Hech.5:30). Este es el «Nuevo Reposo», y es para quienes lo han aprobado de la manera dada:

«Pero los que hemos creído entramos en el reposo, de la manera que dijo: Por tanto, juré en mi ira, No entrarán en mi reposo;aunque las obras suyas estaban acabadas desde la fundación del mundo. Porque en cierto lugar dijo así del séptimo día: Y reposó Dios de todas sus obras en el séptimo día. Y otra vez aquí: No entrarán en mi reposo. Por lo tanto, puesto que falta que algunos entren en él, y aquellos a quienes primero se les anunció la buena nueva no entraron por causa de desobediencia, otra vez determina un día: Hoy, diciendo después de tanto tiempo, por medio de David, como se dijo: Si oyereis hoy su voz, No endurezcáis vuestros corazones. Porque si Josué les hubiera dado el reposo, no hablaría después de otro día. Por tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios. Porque el que ha entrado en su reposo, también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas. Procuremos, pues, entrar en aquel reposo, para que ninguno caiga en semejante ejemplo de desobediencia» (Heb.4:3-11).

Hay un error por ignorancia histórica de parte de los Adventistas al creer que el “Papa”, el sumo pontífice diabólico y el emperador Constantino, asesino y sobrebio hombrecillo de “alta alcurnia y rancia nobleza” , cambiaron la observancia del sábado por la del domingo. Para que los Adventistas lo sepan, los primeros cristianos empezaron a reunirse en el primer día de la semana, es decir, en el día domingo, no mucho después de la resurrección gloriosa y sobrenatural de Jesucristo del sepulcro rocoso y gélido (Jn.20:1-19). Cristo resucitó el primer día de la semana como el Señor, como el Hijo de Dios vencedor de la muerte, que era todavía invencible, sobre el diablo y sobre todos sus demás adversarios. Este «primer día de la semana» era llamado por la Iglesia como «el Día del Señor», y corresponde para este tiempo al «día domingo».

Estos son los hechos que han santificado y dado primacía al «Día Domingo»: el Primer Día de la Semana. Dichos eventos nos muestran que fue Dios el que lo consagró, pero nunca el “Papa” ni Constantino, el emperador súper pagano, un ferviente adorador del Baal-Solar:

Varias de las fiestas y ceremonias religiosas de Israel eran celebradas el Primer Día de la Semana, llamado el «Octavo Día». Entre estas fiestas estaba la entrada de los sacerdotes en el tabernáculo para ministrar en su turno, la fiesta de las Primicias y la fiesta de Pentecostés (mírese Lev. 23:11, 15, 16).

Cristo fue resucitado por el poder de Dios en el Primer Día de la Semana (véase Mr.16:9).

Ya resucitado, Cristo se hizo ver en «seis ocasiones» en el Día Domingo (Lc. 24:13, 33-36; Jn.20:13-19, 26).

El Espíritu Santo fue derramado el día del Pentecostés, el Primer Día de la semana ( Lev.23:15, 16, 21; Hech. 2:1-4).

Los cristianos acudían a las sinagogas los días sábados, pero los Días Domingos se juntaban para tomar la Santa Cena, para predicar la Palabra de Dios, y para apartar sus ofrendas al Señor (1 Co.16:1, 2; Hech. 20:7).

Constantino legalizó formalmente la observancia del Día Domingo en el año 321 d. C. Lo que desconocen los Adventistas que Constantino, con esto, sólo le dio «reconocimiento oficial a la costumbre anterior», ya existente, de la observancia del Domingo por los primeros creyentes en Cristo.

En el «año 145 de la era presente», muchos años antes que la observancia cristiana del Día Domingo fuera oficializada con “legítimo sello” por el malvado emperador Constantino, Justino Mártir escribió:

«Mas el domingo es el día en que todos tenemos nuestra reunión común, porque es el día primero de la semana y Jesucristo, nuestro Salvador, en este mismo día resucitó de la muerte».

Bernabé, nada más y nada menos que el amigo del apóstol Pablo, señores del fradulento Adventismo del Séptimo Día, dijo con respecto a la observancia del Día Domingo:

«De manera que nosotros observamos el octavo día con regocijo, el día en que Jesús resucitó de los muertos».

Pregunto, Adventistas, y sean sinceros con ustedes mismos:

¿Era acaso este hombre, tan fiel y santo, según el Nuevo Testamento, un colosal mentiroso (vaya, ¡qué ambigüedad!), por lo que apreciamos en estas palabras expresadas por él hace casi veinte centurias? Yo le creo a Bernabé, y ustedes Adventistas, reprueban lo que creo: Por lo tanto, no concebirán lo que este hombre de Dios dijo con respecto de guardar el «Día Domingo», el «Octavo Día», y no el “sábado”. Consideren su grave error... no les queda “de otra”.

En el Libro de Danny Shelton y de Shelly Quinn, «Los Diez Mandamientos Dos Veces Eliminados», escritores Adventistas, se infiere, sin un análisis profundo, que el sábado será siempre el “Día del Señor”, en el sentido [eterno], literalmente hablando; incluso, para la época de la Gracia Salvadora. Para esto toman como referencia Is. 58:13, 14:

«Si retrajeres del día de reposo tu pie, de hacer tu voluntad en mi día santo, y lo llamares delicia, santo, glorioso de Jehová; y lo venerares, no andando en tus propios caminos, ni buscando tu voluntad, ni hablando tus propias palabras, entonces te deleitarás en Jehová; y yo te haré subir sobre las alturas de la tierra, y te daré a comer la heredad de Jacob tu padre; porque la boca de Jehová lo ha hablado» (Is.58:13-14).

Dios se refiere al día de reposo, al sábado, como su «día santo», pero hemos explicado con detalle que su vigencia ha concluido con la Nueva Dispensación. La Biblia, en ningún lado, nos habla acerca de la “perpetuidad” de tal día. En el Nuevo Testamento el «Día del Señor» no posee la connotación que los Adventistas le han dado a su “día del señor”. Lo que afirman con asombrosa seguridad, vaya, en verdad lo digo, no deja de ser otra más de sus grandes y ridículas mentiras.

Para que se enteren lo Adventistas, la frase «El Día de Jehová» que apreciamos en el Antiguo Testamento (vea por favor Am.5:18; Jl.2:1-2; 2:11, 31; 3:14; Is. 2:12; 13:6, 9; Zac. 14:1), o como «El Día del Señor» en el Nuevo Testamento (vea por favor Hech. 2:20; 1 Ts. 5:2; 2 Ts. 2:2; 2P.3:10), se relaciona inequívocamente con el acontecimiento escatológico del regreso de Cristo al mundo para juzgarlo (Mt. cap.25) y con otro acontecimiento posterior, lógicamente, escatológico, como es la aparición de «nuevos cielos y nueva tierra»: suceso «posmilenario» (mire Ap.20:11... vea también amable lector Ap.21:1).

Y para concluir, con respecto a esto último tratado, un comentarista bíblico conocido nos dice de tan sensata manera:

«La expresión «Día del Señor» no se uso para referirse al Domingo, sino hasta después que el Nuevo Testamento se escribió. La manera normal de designar el Domingo en el Nuevo Testamento es «el primer día de la semana» (véase Jn.20:1, 19; Hech.20:7; 1 Co. 16:2). Debe observarse, además, que la expresión «del Señor» es la traducción del vocablo «kyriakê», un adjetivo que significa «imperial» o día marcado por la soberanía real de Cristo».

Amén.
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