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Médico Internista e Intensivista, y estudioso de las Santas Escrituras (La Biblia), y un predicador incansable del verdadero monoteísmo bíblico, y sobre todo, del mensaje o evangelio del Reino de Dios, que es la única esperanza que tiene este mundo para sobrevivir a su destrucción total.

sábado, 5 de junio de 2010

LA GLORIA DE CRISTO EN LA MENTE DE DIOS ANTES DE TODAS LAS COSAS


Por el Dr. Javier Rivas Martínez (MD)

Mientras el catolicismo y el protestantismo dormitaban en sus místicos laureles bajo la opiácica influencia del trinitarismo que desprendió los mortales y volátiles venenos de la inmortalidad del alma y de la preexistencia de Cristo (parte del trinitarismo que lo decreta como un agente coeterno y coigual al Padre y Dios), Harnack, el famoso liberal “dogmático-cristiano” del siglo XIX, afirmaba que el verdadero Evangelio había sido ensombrecido por el helenismo antiguo. Esto dio como resultado los dogmas que hasta hoy continuan siendo aceptados tradicionalmente por aquellos que con desmasía componen un cristianismo tricefálico e infatuado ante los Ojos de Dios. No significa con esto que el liberalismo haya tenido la razón en todo, ya que éste deliberó sus propias conjeturas por demás erróneas. Tan importante para el cristiano es, el cual no debe ser un ignorante, el que investigue a fondo en otras fuentes extrabíblicas pero que compaginan con las Escrituras para que reafirme y confirme sanamente su postura doctrinal. Por desgracia, la pusilanmidad es tan evidente y la necedad casi un imposible de erradicar cuando se ha tomado una religión mal encaminada, enraizada fuertemente en dominante prejuicio y desconocimiento, en pasiva conformidad con respecto a lo que se conoce retorcidamente, impidiéndole a la mente el distinguir entre los verdaderos dogmas que la Biblia expone de las falsas conjeturas que establece el raciocinio humano. No muchos saben que las corrientes filosóficas de los antiguos griegos llevaron en su momento, poco a poco, al extravío del Cristo que la Biblia con tanta claridad y formalidad enseña. No cabe duda que para Harnack el liberal, y para nosotros los unitarios, la helenización fue un factor importante para descomponer la legítima fe hebrea. Así, la helenización vino a establecer el equiparamiento indebido de la persona del Cristo Hombre con la del Dios celestial, haciéndolo como la Deidad al adjudicarle a Cristo los atributos inherentes e intrasmisibles de su naturaleza (¡¿?!). El monoteísmo hebreo que fue creído por el cristianismo prístino fue fracturado atrevidamente y los dogmas filosóficos del paganismo que se ataviaron como cristianos en la escuela de Alejandría, surgieron para simular las verdades eternas (a manera de una infernal parodia) que el Padre reveló una vez a sus santos e iluminados elegidos. El Credo Unitario que Cristo y Pablo pregonan en el Nuevo Testamento (Mr. 12:29; 1 Co. 8:6) fue desquebrajado, ajado como el terreno que es marginado cruelmente por el agua de las vitales lluvias, por las ambiguas suposiciones teológicas postbíblicas. Los Concilios católicos, como el de Nicea y el de Constantinopla, son culpables por sus condenables heretismos y blasfemias delante de Dios . . . pero también los son los inadvertidos, los sordos y ciegos que les han dado la bienvenida en sus marasmáticos y engañados corazones. La Humanidad de Cristo (1 Ti. 2:5) fue deificada, y el Padre dejó de ser por esta ingrata causa el Único Dios Verdadero (Is. 44:6; Jn. 17:3; 20:17; 1 J. 5:20). La coigualdad de Cristo con el Padre hace del trinitarismo un perfecto politeísmo. ¡Ni el espírtu santo se escapa de esta vil e impía patraña! Es evidente que Dios condena el politeísmo en su Palabra (Ex. 20:1-3)

«Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese» (Jn. 17:5).

Contrariamente al pensamiento de muchos, el Señor Jesucristo en este texto nunca ora para la restitución de una supuesta presencia o íntima comunión junto al Padre y que experimentó en un estado “preexistente” antes de que el mundo fuera creado. Cristo en realidad se refiere aquí a su gloriosa preordenación como el impoluto, salvífico y venidero Mesías Hombre en la mente infinita de Dios: como un «propósito» futuro, como un «plan» tan sólo pero que tendría cumplimiento en el cronos de la historia humana, de acuerdo a los ideales más sublimes del Invisble y Amoroso Hacedor. Por eso Cristo dijo, por su lugar de importancia con respecto al Padre de la Fe salido de la Ur de los Caldeos: «Antes que Abraham fuese, yo soy», es decir, el Mesías prometido en las Santas Escrituras (Is. 9:7; Jn. 8:58). No es posible que “algo” o “alguien” haya sido «ahora» pero además «antes». Con esto estaríamos hablando de “dos personas” en Cristo: un Señor con “dos personalidades” que se traduce como un ser deífico y humano para el trinitarismo. Absurdamente para los trinitarios se debe aceptar lo que no se puede entender. ¿Cómo defender lo no entendible? Para el trinitarismo, la trinidad es una doctrina en la que “no hay que alegar mucho”. Hay que admitir ciegamente, sin discutir, el insondable “misterio” que con maña audaz ha promulgado, mientras que la Biblia nos revela consistentemente la naturaleza propiamente Deífica del Padre que no es “propiamente” la del Hijo. Cristo vino a ser partícipe de la naturaleza divina en su resurección física, en su gloriosa trasformación somática, sin dejar de ser nunca una Persona Humana, tal como fue engendrado, tal como nació. De igual modo, nosostros los creyentes participaremos de esta naturaleza divina y gloriosa (2 P. 1:4), «porque seremos semejantes a él», a Cristo, cuando se «manifieste» en su segunda venida (1 Jn. 3:2).

«. . . porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos» (Ef. 5:30).

El Dios Altísimo y Eterno es incorpóreamente espiritual en su naturaleza, porque categóricamente y sin excusas «Dios es espírtu» (Jn. 4:24). De ninguna manera el Creador Divino ha tenido la plena necesidad de tomar un cuerpo humano de carne y huesos, como el que Cristo evidentemente siempre ha tenido, por lo que vemos en las palabras que componen este verso paulino que se escribió aún después de que el Señor resucitó.

Continuando con Jn. 17:5, Cristo solicita simplemente esa «gloria» que ha conocido durante su vida terrena y que estaba en la mente de Dios únicamente como un plan o finalidad. Cristo de cierta forma ya la «tenía», en el sentido proléptico, pero no literalmente. Debemos tener en cuenta la manera judía de expresar conceptos e ideas. Es por eso que hay tanta confusión y terquedad: “no es lo mismo Juana que Chana”. Cuando Cristo regrese, esta «gloria» será manifestada en su maravilloso reinado milenario y terrenal, y punto.

Para terminar los dejo con un comentario del gran teólogo inglés, Anthony F. Buzzard:

«Es totalmente innecesario y en efecto errado leer las ideas Gentiles en los textos de la Escritura cuando nosotros podemos darles buen sentido tal como se perciben en su entorno Judío. La responsabilidad de demostrar que los textos no pueden ser explicados dentro de su propio contexto Judío recae sobre aquellos que creen en la preexistencia literal. Y debe recordarse que la Biblia Hebrea, que tiene mucho que decir en anticipación de la venida del Hijo de Dios, no hace ninguna declaración que implique que el Mesías era Dios destinado a arribar de una existencia personal “pre-nacimiento” en el cielo. La idea de que Dios puede nacer como hombre es ajena al entorno Judío en donde Jesús enseñó. Una revolución se hubiera necesitado para la introducción de semejante concepto novedoso».

Que Dios los bendiga siempre.