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Médico Internista e Intensivista, y estudioso de las Santas Escrituras (La Biblia), y un predicador incansable del verdadero monoteísmo bíblico, y sobre todo, del mensaje o evangelio del Reino de Dios, que es la única esperanza que tiene este mundo para sobrevivir a su destrucción total.

domingo, 18 de julio de 2010

CRISTO: PERFECTO HOMBRE

Por el Dr. Javier Rivas Martínez (MD)

El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él (Col.1:15-16).

Cristo es la sabiduría completa de Dios hecha carne, la plenitud de Dios manifestada en su Humanidad intachable y perfecta, «por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud» (Col. 1:19).

Cristo no fue jamás un ser preexistente que tomó la forma de hombre para obtener dos naturalezas, una deífica y otra humana (hipóstasis), y por ende, dos personalidades, como los que padecen dos personalidades, múltiples y enfermizas, originadas por un severo disturbio mental.

«A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer (Jn.1:18).

El texto de arriba devela que Cristo no es Dios como el Padre (1 Co. 8:4-6), sino la «imagen» (eikön, gr.) del Dios invisible, es decir, Uno que refleja su santidad, su amor, su justicia y pureza. Cristo es la máxima reflexión del carácter santo de Dios. El hombre fue hecho «a imagen y semejanza de Dios», porque tiene atributos trasmitidos de la Deidad como son el amor, la bondad, y la justicia, a pesar de su naturaleza “defectuosa” y pecadora (Gn. 1:26; Ro. 7:24; 1 Jn. 1:8-10).

La Biblia declara que, a Dios nadie lo ha podido ver nunca; no existe persona conocida, antes y después, que lo haya visto literalmente en un momento dado (1J. 4:12). Esta importante y categórica declaración libra o exime a Cristo como tal, como parte de una Deidad mitificada, porque él fue visto por sus contemporáneos: por sus seguidores y enemigos, por sus propios discípulos.

El apóstol Pedro escribe su testimonio al respecto en 2 P. 1:16:

«Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad».

Y en otra parte, en 1 de Jn. 1:1-3, el apóstol amado dice además:

«Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó ); lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo».

Las pruebas que Juan presenta con relación a Cristo como Hombre y no como Dios demuestran que pudo ser visto, oído y palpado. La humanidad de Cristo fue confirmada por el hecho que Juan lo pudo ver y tocar, incluso, «se había recostado sobre su pecho» (Jn. 21:20). Dios dijo a Moisés: «…No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá» (Ex. 33:20), por lo tanto, ¿es debido seguir pensando qué Cristo es Dios?

Como primogénito (prötotokos, gr.) de toda creación (päsës ktiseös, gr.), Jesús es el Hijo del Dios verdadero por excelencia «porque él le ha hecho Señor y Cristo» (Hech. 2:36). Por este razón Jesucristo tiene preeminencia o privilegio sobre los seres creados, celestiales y terrenales, ya que el Padre «le ha dado un nombre que es sobre todo nombre, exaltándolo a lo sumo» (Fil. 2:9). Jesús mismo declaró que «toda potestad le fue dada en el cielo y en la tierra» (Mt.28:18). Cristo es «el primogénito de toda creación», porque tiene preeminencia como digno mandatario sobre una tierra restituida, la cual regirá como el legítimo Rey del trono davídico, según la promesa divina decretada en el Antiguo Testamento y reiterada en el Nuevo (Sal. 2; Lc. 1:32). No existe en Cristo conexo alguno con la actual y vieja creación que está caída, la maldecida por Dios a causa del pecado del primer hombre (Gn. 3:17), y que gime por experimentar su glorioso cambio (Ro. 8: 18-23).

Se tendrá en cuenta que Cristo no fue un ser creado, sino engendrado. Para la creación del hombre terreno que pertenece a la humanidad natural y fallida se requiere de dos células muy diferentes entre sí, una femenina y la otra masculina. Estas células ya unidas darán la formación de una célula especial y única que se desarrollará más tarde en un individuo humano con sus bien definidas y sabidas características imperfectas. En Cristo no fue de ese modo. Podríamos decir que una parte de Dios fue puesta en el óvulo femenino de María por medio del poder del Espíritu Santo dando el engendramiento de Cristo. El principio de la existencia de Cristo está en su engendramiento porque «el santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios» (el ángel no dice: «nacerá el que es Hijo de Dios», como si existiese siempre. Lc.1:35). Aún antes del nacimiento de Cristo, Isaías tampoco lo insinúa como un ser existente o eterno, sino como una persona que sería después:«…y se llamará su nombre Admirable, Consejero, «Dios Fuerte» (como poderoso representante de Dios en la tierra, como fue constituido Moisés ante faraón, véase Ex. 1:7), «Padre Eterno» (como futura Cabeza del mundo renovado milenario), Príncipe de Paz» (Is. 9:6).

La preexistencia de Cristo se fundamentó en el gnosticismo que se desarrolló con plenitud en el siglo II a. C. y sigue hoy arraigada con sus gruesas, antañosas y retorcidas raíces en las iglesias de estandarte cristiano- protestante. Los gnósticos concebían a Cristo como un ser emitido del Dios supremo, como un “aeón”, como un espectro. Cristo, como «el principio de la creación de Dios» (hei archèi teîs ktíseôs toû tehoû, gr.) no es la primera criatura creada como Arrio y sus seguidores creían, ni como ahora creen los Mormones y los Testigos de Jehová, indiscutiblemente, los nuevos arrianos. Cristo como este «principio», es el heredero del mundo escatológico, la Cabeza de la Iglesia y que guiará en su segunda venida, el Rey Mesiánico victorioso que se sentará en el trono de David su Padre y cuya gloria será mayor que la de los gobernantes y príncipes de la tierra, que la del mismo rey Salomón. «Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él» (1 Col. 1:16).

Realmente, significa, que estas cosas fueron creadas «en» Jesús, «por medio» de él y «para él». (A. Buzzard comenta que las preposiciones de Col. 1:16, requieren ser traducidas con exactitud, por tan divulgado malentendido). No significa que Cristo haya sido el autor de la creación presente y antigua. Significa, que, Cristo, como el Hijo de Dios nacido, es el heredero cósmico destinado en un principio por Dios. Cristo es la razón suficiente para que la creación exista y cuya causa u origen es el único Dios: el Padre. Cristo es el jefe del nuevo orden universal (hablo en prolepsis).

Después de que Cristo descienda en gloria, en su Parusía, tomará el mando de este orden ya regenerado antes. Cristo fue revelado en el mundo como el Mesías de Dios, como «el primogénito de los muertos» (Ap. 1:5) y que a través de su resurrección «hemos sido hechos partícipes de la naturaleza divina», para «reinar juntamente con él» en el tiempo que se manifieste ante los hombres, cuando sea visto en gloria (2 P. 1:4; Ap. 1:7; 20:4, 6), como «el soberano de los reyes de la tierra» (Ap. 1:5), «porque el es Rey de reyes, y Señor de señores» (Ap. 19:16).

Amén.