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Médico Internista e Intensivista, y estudioso de las Santas Escrituras (La Biblia), y un predicador incansable del verdadero monoteísmo bíblico, y sobre todo, del mensaje o evangelio del Reino de Dios, que es la única esperanza que tiene este mundo para sobrevivir a su destrucción total.

martes, 27 de mayo de 2008

LA JUSTIFICACIÓN DIVINA

Por el Dr. Javier Rivas Martínez (MD)


Es cierto que el Señor Jesucristo envió al rico a la Ley cuando el joven le cuestionó por la manera de cómo poder heredar la vida eterna (Mr.10:17-22), pero la verdadera finalidad fue el de mostrarle que la salvación es imposible por medio de ese fundamento pasado y ya muerto (Ver 2 Co. cap. 3). Cualquiera que quiera justificarse por medio de las obras de la Ley, entonces tendría que cumplir cada uno de los puntos que ordena y exige ésta (Ga.3:10; Stg.2:10). A la verdad, nadie lo ha logrado, y ni nadie lo hará jamás. Pablo explica que ningún hombre por medio de las obras de la Ley será justificado ante Dios (Ro.3:30; Ga. 2:16). La función actual de la Ley es de dar conocimiento del pecado (Ro.3:20; 7:7), obligando al ser humano bajo la convicción de ser pecador a venir a Cristo (Ga.3:24). De tal manera, podemos decir que la justificación es por medio de la Gracia de Dios:

«. . . siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús» (Ro.3:24). «. . . para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme la esperanza de la vida eterna» (Tit.3:7).

Queda establecido, entonces, que la fuente u origen de la justificación es en base a la Gracia de Dios. No se alcanza por obras de justicia que nosotros hayamos hecho, y sigamos haciendo (Ef.1:9), sino «por su misericordia que él nos salvo» (Tit.3:5).
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La justificación se originó en el mismo corazón de Dios. Él miró la falta de justicia en nosotros que nos llevaba a la muerte y también la incapacidad que teníamos para obtenerla. Por su amor y bondad, nos suministró justicia, y fue su Gracia la que propició a darla. Dios, sin ninguna obligación, en su Gracia, consideró nuestra culpa, y en su grande misericordia se acordó de nuestra infinita y terrible miseria.
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La justificación se realiza por medio de la «Sangre del Cordero», de Jesucristo, y claramente lo podemos ver en los siguientes textos:

«Por cuanto mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de ira» (Ro.5:9).

«Y casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no hace remisión» (He. 9:22).

Cristo llevó el peso de nuestro castigo por el pecado en su cuerpo santo. Dios, de ese modo, se encuentra en posición para remitir la pena del pecado y restaurarnos favorablemente para justicia:

«Más el herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y pos su llaga fuimos nosotros curados» (Is.53:5).

Además, la justificación es por medio de la fe:

«Concluimos, pues, que el hombre es justificado por la fe sin las obras de la ley» (Ro.3:28).

«Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Ro.5:1).

«Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación » (Ro.10:10).

«El hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo» (Ga.2:16).

Nuestra justificación no es por nuestra fe, sino por medio de ella, como mencionamos antes. «La fe no es el precio de la justificación, sino el medio para hacerla nuestra» (Stanton W. Richardson).
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La justificación nos conduce a una vida santa y justa. La vida correcta cristiana es el resultado de la justificación. La justificación no viene por medio de obras humana, por más buenas que sean éstas, nunca habrán de concluirla. El hombre debe ser primeramente justificado para poder agradar a Dios, al conocerle y caminar con él.
Termino así:

«Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como él es justo» (1 Jn.3:7).

Dios les bendiga hermanos y amigos siempre.