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Médico Internista e Intensivista, y estudioso de las Santas Escrituras (La Biblia), y un predicador incansable del verdadero monoteísmo bíblico, y sobre todo, del mensaje o evangelio del Reino de Dios, que es la única esperanza que tiene este mundo para sobrevivir a su destrucción total.

sábado, 9 de mayo de 2009

LA CRISIS MUNDIAL SE PROLONGA



08/05/09


Hay motivos suficientes para preocupaciones y en particular por la necesidad de mayores esfuerzos de los Gobiernos por estimular las economías y resucitar el sistema financiero.


El Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz instó a las naciones ricas a destinar más fondos de ayuda a los países pobres, para evitar mayores problemas pues la crisis está lejos de terminar. A la cabeza de un colectivo de prestigiosos economistas, Stiglitz convocó a los países industrializados del G-8 a reunirse en Italia en julio próximo para discutir acerca de la recesión y sus consecuencias.


También proponen aumentar los préstamos del Fondo Monetario Internacional y eliminar sus duras condiciones sobre los déficit fiscales, que empeoraron las crisis económicas en el pasado.


Entre los objetivos planteados por el grupo de analistas está la coordinación internacional con el fin de evitar competencias en los recortes de impuestos y establecer gravámenes más altos para las personas de mayores ingresos.


Asimismo exhortan a nacionalizar los bancos, en vez de entregarles rescates financieros para manejar el ritmo de los nuevos empréstitos.


Stiglitz insiste en que es un error pensar que la recesión mundial terminó, al tiempo que rechaza las afirmaciones de quienes ven señales de recuperación en la economía mundial.


Todavía hay motivos suficientes para preocupaciones y en particular por la necesidad de mayores esfuerzos de los Gobiernos por estimular las economías y resucitar el sistema financiero, agregó.


El grupo, que incluye economistas de las principales economías en desarrollo como India y China, señala que los países del centro y este de Europa son más afectados por la crisis, pero Africa Subsahariana, América Latina, y algunas naciones del este de Asia podrían sufrir recesiones iguales o peores a los países industrializados.


LAS LENGUAS GENUINAS Y LA FALSA JERIGONZA


Por el Dr. Javier Rivas Martínez (MD)

Este escrito va dirigido a las personas que pertenecen a las iglesias carismáticas y que hablan, entre otras erradas cosas, “lenguas”, y que al fin de cuentas no deja de ser una horrible estereotipia emergida por estímulo del lóbulo temporal del cerebro, impulsada por un acondicionamiento psicológico y de falsa religiosidad. Es una distorsionada expresión de las emociones, originada en un ámbito místico metódicamente antí-bíblico.

«Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen» (Hech. 2:4).

«En otras lenguas» (heterais glössais, gr.).

Las diferentes lenguas habladas por los discípulos del Señor en el día del Pentecostés, fueron lenguas que nunca fueron aprendidas por ellos durante lo largo de sus vidas, muy familiares, por otro lado, para quienes estaba en ese entorno oyéndolas. No eran las lenguas nativas de los discípulos, sino de las personas de alrededor que las oían y las comprendían pasmados. A diferencia de las lenguas terrenas de las naciones del mundo antiguo de ese entonces y que fueron habladas por los discípulos de Cristo, la jerigonza es un lenguaje completamente incomprensible, un balbuceo que nada dice, una oscura “disartria” histérica que carece de relación con algún idioma oficial hablado o conocido en el mundo, en cualquiera de sus épocas.

Las lenguas del día del Pentecostés fue un acto de Dios que señala, como las lenguas de fuego repartidas sobre las cabezas de los que estaban unánimes juntos en Jerusalén (Hech.2:1-3), la venida sobrenatural del espíritu santo en la nueva dispensación, la de «Gracia», para la salvación de los hombres por medio de Jesucristo, extendida, sin distinción, para judíos y gentiles. Es por eso que los discípulos glorificaban a Dios en los diferentes idiomas extranjeros o en las lenguas vernáculas de los hombres que los escuchaban maravillados:

«Moraban entonces en Jerusalén judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo. Y hecho este estruendo, se juntó la multitud; y estaban confusos, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua. Y estaban atónitos y maravillados, diciendo: Mirad, ¿no son galileos todos estos que hablan? ¿Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido? Partos, medos, elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia y Panfilia, en Egipto y en las regiones de África más allá de Cirene, y romanos aquí residentes, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios» (Hech. 2:5-11).

La Biblia esclarece en 1 de Co. 14:22 que «las lenguas eran una señal para los incrédulos». Aquí existe una premisa irrevocable y de gran importancia para poder hablarlas: Al menos que alguien tuviese la capacidad para entenderlas y traducirlas, no debería ejercitarse el don de lenguas por ningún motivo en las congregaciones:

«Así que, quisiera que todos vosotros hablaseis en lenguas, pero más que profetizaseis; porque mayor es el que profetiza que el que habla en lenguas, a no ser que las interprete para que la iglesia reciba edificación» (1Co. 14:5).

Más adelante, en 1 Co. 14:9, Pablo nos advierte de lo vano que sería el hablar en lenguas si éstas no fuesen interpretadas. Sería como hablar al “aire”, porque nadie las entendería. Por lo tanto, el entendimiento quedaría sin fruto (1 Co. 14:14). Pablo tenía el don de lenguas pero no lo practicaba, al menos que se entendieran:

«Doy gracias a Dios que hablo en lenguas más que todos vosotros; pero en la iglesia prefiero hablar cinco palabras con mi entendimiento, para enseñar también a otros, que diez mil palabras en lengua desconocida» (1 Co. 14:18-19).

En el día del Pentecostés había judíos y gentiles piadosos de todas partes, así que no hubo la necesidad de que las lenguas foráneas habladas por los discípulos tuvieran que ser interpretadas para su preciso entendimiento. No resultaron incomprensibles para los judíos extranjeros ni para los gentiles de las distintas naciones. Estas personas estaban familiarizadas con dichas lenguas. Para los hermanos de Corinto, la situación no fue del todo igual. Ellos, por norma obligada, requirieron de un intérprete para lograr comprenderlas. El apóstol Pablo anima a los corintios a orar para la interpretación de lenguas.

« Si habla alguno en lengua extraña, sea esto por dos, o a lo más tres, y por turno; y uno interprete» (1 Co.14:27).

« Por lo cual, el que habla en lengua extraña, pida en oración poder interpretarla» (1 Co. 14:13).

El hablar en lenguas, tan importante es mencionarlo, jamás se cristalizó en una algarabía simultánea de muchos. Fue un acto consecutivo y ordenado, de pocos, en el que había siempre, sin falta, un intérprete. De no haberlo, era imposible hablarlas, según la regla paulina. La Biblia no acierta en admitir que “todos hablasen lenguas a la vez”:

«Si habla alguno en lengua extraña, sea esto por dos, o a lo más tres, y por turno; y uno interprete» (1 Co. 14:26).

«Y si no hay intérprete, calle en la iglesia, y hable para sí mismo y para Dios» (1 Co. 14:28).

Ante estas ortodoxas y justificadas formalidades presentadas, no cabe duda que podemos sustraer con enorme facilidad, desbaratando toda especulación sustentada en la ignorancia y necedad, la supuesta o pretendida autenticidad de las lenguas emitidas hoy en las iglesias carismáticas que se declaran como católicas o cristianas protestantes. Estas lenguas irreconocibles por la Biblia son el producto de un acentuado y disfuncional histerismo provocado. Para esto deprimente efecto, están “pintados de mil colores” los maestros de teología de la prosperidad material como Benny Hinn y Cash Luna, dos falsos profetas bien conocidos y expertos en el arte carnal y demoníaco de manipular a su antojo a personas psicológicamente aprensivas, pusilánimes en sus decisiones.

El “ardiente” ámbito del carismatismo neo-pentecostalista, aseguramos sin temor, es el factor principal influyente para la conjugación de una notable diversidad de manifestaciones somático-emotivas que han sido confundidas con regularidad con el poder de Dios, y las lenguas habladas, son parte de esta abominable y florida variedad.

Las lenguas descritas en la Biblia siempre fueron unas nacionales o terrenas de aquel pasado tiempo. No hay ninguna relación con la jerigonza o farfulleo ininteligible de las iglesias carismáticas modernas.

En antaño hubo siempre la imperiosa necesidad de interpretar estas lenguas que constituyeron una parte del don celestial para el conocimiento de los misterios de Dios en la nueva dispensación. Recodemos que en esa época el Nuevo Testamento no estaba conformado aún como tal y muchas cosas eran enseñadas verbalmente. Por lo contario, en las iglesias de corte carismático, regularmente no son interpretadas por una persona de modo que lo indica «el divino protocolo», pero cuando emerge “de por allí” un osado y temerario “intérprete”, es tan sólo para proclamar gigantescas falsedades, para proferir tamañas y condenables blasfemias, haciendo de Dios un “excelso y sublime” mentiroso, repitiendo en arraigado y regular hábito lo que la Biblia pregona. Me pregunto: ¿Cuál es la razón qué Dios tiene para estar repitiendo lo qué en su Palabra ya se encuentra? ¿No nos instiga Dios para dejar de leerla, siendo de tal manera? ¿Si sus “profetas” se están encargando de repetirnos siempre lo que la Biblia dice, entonces, para qué leerla? ¿Es posible qué Dios tenga qué molestarse con tan pueril y absurdo mover?

La Biblia nos muestra con clara objetividad que el hablar en lenguas fue un acto de ordenada sucesión, contrariamente a lo que muestra el carismatismo religioso católico-protestante: Todo un desastre teatral.

El brutal y espantoso sonido consolidado de muchas voces huecas y escalofriantes, oídas en molesta potencia en los cultos de tendencia carismática, es una mortal falsificación del don de lenguas genuino. Esta fábula mística vino a salir del corazón del hombre finamente persuadido por el diablo, el agente creado más peligroso y religioso que hay, padre de la imitación gloriosa, el gran mago de los sincretismos que conducen por el ancho camino de la perdición a los necios e ignorantes politeístas de todas las iglesias neo-pentecostales y católicas carismáticas, reacios para abrir los ojos ante la mentira que les ha empañado el “cristalino de los ojos espirituales”, cual severa catarata metabólica bilateral.

Dios les bendiga siempre.

miércoles, 6 de mayo de 2009

LOS MAGOS, LAS SETENTA SEMANAS Y LA FECHA DE LA CRUXIFIXIÓN DE CRISTO


Por el Dr. Javier Rivas Martínez (MD)
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Los historiadores Josefo, Tácito y Suetonio, así como el poeta Virgilio, dieron fe en el pasado sobre la expectativa del advenimiento de un Mesías Redentor al mundo. Posiblemente el conocimiento de esta esperanza lo hayan obtenido de los magoi, que estaban familiarizados con la profecía de las Setenta Semanas de Daniel en el tiempo en que Israel se encontraba bajo el dominio Persa, dominio que inició con la deportación babilónica auspiciada por el rey pagano Nabucodonosor en el año 586 a. C. y que terminó el año 538 a.C. cuando Ciro el Grande, rey de Persia, dominaba el mundo antiguo en ese entonces, promulgando un decreto para Israel que implicaba el regreso de los deportados a su país natal, dándose fin al penoso éxodo que duró 70 años y que el profeta Jeremías había profetizado atrás a un pueblo hebreo desobediente (Esd.1:1, 2; Jer.25:11). Los magoi, o «magos», comos se menciona en Mt.2:1, eran sabios o videntes que provenían de las regiones de Media, en Persia. Ellos interpretaban sueños y formaban una casta sacerdotal parecida a la de los levitas de Israel. Aunque no eran reyes ni eran tres, como falsamente se ha creído, ya que la Biblia no ofrece testimonio de eso, tenían funciones de liderazgo. Es casi seguro que los magoi estaban familiarizados con profecía de las Setentas Semanas o «Setenta Hebdómadas» que hablaba de la salida de un Mesías Príncipe (el Hijo de Dios, Jesucristo) que vendría a terminar con el pecado, a expiar la iniquidad y traer justicia eterna en la tierra (Dn.9:24), pero que habría de ser muerto al finalizar la 62va Semana profética:


«Después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, mas no por sí. . . » (Dn.9:26a).


Con la revelación profética de las Setenta Semanas de Daniel, para ser especifico, con las primeras Sesenta y Dos (Dn.9:25b) y un poco después de éstas (Dn.9:26a), los magoi con un simple cálculo matemático pudieron entender el tiempo preciso del reconocimiento de Jesús como el Mesías Príncipe (que ocurre en su entrada triunfal en Jerusalén) y de su muerte para estar así anticipadamente expectantes para el tiempo aproximado de su llegada a la tierra.


La profecía de las Setenta Semanas inicia así:


«Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos» (Dn.9:25).


El fiel Jeremías había predicado desde hace 23 años con seria advertencia a la nación de Judá que habría de ser llevada al cautiverio por setenta años a Babilonia si no desistía de sus abominables idolatrías y de sus maldades de todas clases. Nabucodonosor sería el instrumento de ira de parte de Dios para castigar a Judá. No hubo arrepentimiento en ella y sus habitantes fueron llevados encadenados a las comarcas paganas del dios Bel (Jer.25:11; cap.52). Al término de los setenta años del exilio en Babilonia, el rey Ciro pone de manifiesto un decreto que promulga la liberación del pueblo israelita para el regreso a su tierra de origen (2 Cr.36:23). Pero es con Nehemías que se promulga un decreto de parte del rey Artajerjes para restaurar y reedificar Jerusalén. Este decreto se promulgó en el año veinte de su reinado, en el mes de Nisán, y corresponde al 14 de Marzo del 445 a. C. (Neh.2:1-8), tiempo que marca el comienzo de las Setenta Semanas proféticas dadas a Daniel por el ángel Gabriel (Dn.9:20-27).Así, a partir de 445 a.C. se inicia la reconstrucción de la ciudad de Jerusalén que finaliza en 49 años, tiempo que corresponde a las primeras siete Semanas de la Setenta proféticas (Dn.9:25a). Ahora, desde el tiempo que finalizó la reconstrucción de Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, es decir, cuando Cristo es reconocido como tal en su entrada triunfal en Jerusalén (Mt.21:11; Lc.19:28-44) son 62 Semanas que corresponden a un total de 434 años, tomando en cuenta el año judío lunar de 360 días y no el año solar gregoriano que es de 365 días. La presentación del Mesías Príncipe se efectuó el 6 de Abril del año 32 d.C. La muerte del Mesías se suscita después 62va Semana y corresponde a la fecha de crucifixión de nuestro Señor Jesucristo, en el año 33 d. C. Esto colocó a los magoi en una posición vigilante, esperando una señal que les mostrara con seguridad que el Mesías de Dios había nacido ya en la tierra de los hombres perdidos y que venía a darles luz gloriosa salvadora (Jn.1:4-5, 9). Posiblemente la señal al respecto, tiene relación con la profecía de Núm.24:17, en boca de Balaam, el más reconocido adivino de Oriente (Núm. cap. 22):


«Y lo veré, pero no ahora; lo contemplaré, pero no de cerca: Una estrella saldrá de Jacob, se levantará un cetro de Israel. Aplastará los sienes de Moab y los cráneos de todos los hijos de Set».


Un autor habla así a lo concerniente:


«Una estrella (kokav, heb; astron, gr., que también se usa para constelaciones, meteoros y cometas). . . Era común que los que en Mesopotamia se ocupaban de observar las estrellas usaran la palabra estrella para referirse a un rey (comp. Isa.14:12, Mat.2:2). . . ».


Así que los magoi observaron el cielo, y en un momento dado, apareció la señal de la Estrella de Oriente que anunciaba el nacimiento del Mesías Salvador en el mundo:« ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque hemos visto su estrella en el oriente y hemos venido para adorarle» (Mt.2:2).


Podemos ver por el texto de arriba, que los magoi ignoraban el lugar del nacimiento del Mesías de tal forma que lo ignoraba Herodes el Grande cuando los magoi se lo preguntaron. Los principales sacerdotes y escribas de Israel fueron convocados por el rey Herodes para averiguar el sitio exacto del nacimiento del Mesías que se revela en la profecía de Miq. 5:2, en la ciudad de Belén Errata, y que el mismo rey Herodes lo da a conocer a los magoi al saberlo de los principales de Israel (Mt.2:3-12).


Para terminar con broche de oro, los dejo con un comentario acertado de un autor bíblico de acuerdo a lo explicado:


«Mateo demuestra que Jesús cumplía las expectativas mesiánicas tanto en cuanto al lugar de su nacimiento, Belén, como a los portadores de regalos, que eran gentiles (Sal.68:18, 29; 72:10; Is. 60:3-6), quienes iban a responder a aquel al cual los sumos sacerdotes y escribas iban a rechazar. Los magos descubrieron por fe aquello que Herodes y los líderes del judaísmo, que poseían las escrituras, pasaron por alto. . .».


Increíble, ¿no?


Dios les bendiga siempre, mis hermanos y amigos que nos visitan con gusto.

lunes, 4 de mayo de 2009

EL CATOLICISMO Y LA ESCLAVITUD


La iglesia apoyo desde un comienzo la esclavitud y la agudizó en muchos aspectos.


El papa Nicolás V, legitimó el comercio de esclavos en su bula “Divino amore communiti” (por amor divino a la comunidad) el 18 de Junio de 1452. Por esto el comercio de esclavos fue legal y no causo ningún escrúpulo en los participantes.


El papa mantenía esclavos. El papa Gregorio I mantuvo a cientos de esclavos en sus haciendas y consintió las leyes, que prohibían a los esclavos, casarse con cristianos libres.


Un esclavo era considerado como ganado. La iglesia trataba a los esclavos como un “bien de la iglesia” y esto valía como no vendible. Las Iglesia tasaba el valor de los bienes eclesiásticos no según el dinero, sino según los esclavos.


Si, a pesar de todo, se liberaban a esclavos, este debía recompensar a la iglesia con su patrimonio.


La iglesia le prohibió a los esclavos hacer testamentos. A la muerte de un esclavo sus ahorros le llegaban a la iglesia.


Según santo Tomás de Aquino los esclavos eran “útil de servicio”.


La iglesia hizo todo para mantener la esclavitud, y nada para eliminarla.


Un obispo sólo podía liberar a un esclavo, si éste ofrecía a dos en su reemplazo.


Niños ilegítimos de sacerdotes fueron hechos esclavos eclesiásticos de por vida, esto también valía para niños abandonados. (3. sínodo de Toledo)


El “santo” Martín de Tours (hoy representado en muchas iglesias, como reparte su abrigo), por ejemplo mantenía a 20.000 esclavos.


También los conventos tenían esclavos, tanto para el servicio de los conventos como para el servicio de los monjes. Miles de eslavos y sarracenos presos fueron repartidos en los conventos.


La esclavitud perduró en las haciendas y en las propiedades papales hasta el siglo 11.


“Se calcula, que temporalmente por cada esclavo que llegaba vivo hasta lo costa africana, diez morían durante el transporta terrestre y otros diez más fallecían durante el viaje por mar.”


El protestantismo siguió desde el comienzo el mismo camino, después que lutero había justificado teológicamente el vasallaje y la esclavitud. Hasta muy avanzado en el siglo 19, naciones evangélicas, bajo el consentimiento teológico de los misioneros, comerciaban con esclavos y salían a la caza de esclavos.“


El primer barco de transporte de esclavos inglés se llamaba “Jesús”.


Jesús predicó el amor al prójimo. Esto no es compatible con el hacer de la iglesia. Para aquel, que ahora diría, así fue en ese tiempo, aquí una frase del Corán: “Si un esclavo tuyo desea su certificado de libertad, entonces extiende se lo, si tú lo conoces como bueno, y dale una parte de tus riquezas. Que Dios te ha concedido”.


También en el “Cristianísimo” pudo haber sido de otra manera.


Comercio esclavista con los indios


Al comienzo, el obispo Rodríguez de Fosca personalmente fue el mandante detrás de la venta de esclavos indígenas en Sevilla.


Colón le envió varias veces una gran cantidad de indígenas al mercado de esclavos hacia España. Solo en Febrero de 1495, fueron cuatros barcos con 500 indígenas cada uno, entre 12 - 35 años de edad.


Colón, como hábil comerciante, estaba bien al tanto con la teología moral de su iglesia, según la cual: “Esclavizar a no cristianos se justificaría con el argumento, que paganos de todos modos estarían destinados a la eterna condenación.”


El 18.6.1452 el papa Nicolás V legitimó del comercio de esclavos mediante una bula, autorizando al rey de Portugal, “… conquistar a los países de los no creyentes expulsar a sus habitantes, subyugarlos y obligarlos a la eterna servidumbre.”


Ya que el papa actual (Juan Pablo II) se hace destacar tan maravillosamente con un “Mea culpa” de un tipo especial, echándole toda la culpa de los sangrientos crímenes, no a la iglesia y a sus papas, si no a los “hijos e hijas” de la iglesia, aquí el texto original – que a millones indígenas les trajo una muerte brutal – en latín, para refrescar la memoria al papa: “… invandendi, conquirendi, expugnandi et subjudandi illorumque personas in perpetuum servitutem redigendi …“


Durante siglos la iglesia fomentó la esclavitud y mantenía esclavos propios.


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EL PROMETIDO REINO DE CRISTO


Por el Dr. Javier Rivas Martínez (MD)

« Porque la tierra será llena del conocimiento de la gloria de Jehová, como las aguas cubren el mar» (Hab. 2:14)

¿Será posible qué la morada definitiva para los Hijos de Dios sea en el futuro en el cielo? ¿Reinarán los buenos cristianos después del fin de las eras en ese lugar glorioso? En verdad, la Biblia no revela tal cosa. El libro de Apocalipsis nos enseña incuestionablemente que el reinado de Cristo se establecerá en la tierra y no en el tercer cielo en que habita Dios con sus esplendorosas y hermosas huestes celestiales (2 Co.12:2).

Apocalipsis revela que Cristo gobernará los reinos del mundo:

«El séptimo ángel tocó la trompeta, y hubo grandes voces en el cielo, que decían: Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos» (Ap.11:15).

Los reinos del mundo vendrán a ser de Cristo, aunque el griego original dice «el reino», y no «los reinos». Esta singularidad indica la soberanía de Cristo en un solo gobierno, universal, único, un reino como unidad. Esto será cuando la tierra sea restituida por causa del pecado que la corrompió en un principio (Gn. 3:17; Mt. 19:28). Cristo promete en las Escrituras al fiel vencedor «darle autoridad sobre las naciones juntamente con él», y esta función tendrá lugar específicamente hasta que Cristo retorne al mundo, visible ante los hombres, en gloria y en poder (Mr.13:26-27, 34-36; Ap.1:7; 2:26-27). Bien dijo Cristo que «los mansos recibirán la tierra por heredad». Esta promesa se encuentra en el Nuevo Testamento en Mt.5:5. La mencionada «heredad», no incluye en ningún momento el cielo de Dios, conocido también en el Antiguo Testamento como «La Eternidad» (Is. 57:15).

Daniel escribe que «el reino, el dominio y la majestad de los reinos debajo de todo el cielo, sea dado al pueblo de los santos del Altísimo» (Dn. 7:27). Esta es una prueba bíblica más que sostiene que el reinado teocrático del Hijo de Dios será en la tierra, en el mundo venidero según He. 2:5. Es importante comentar, por otra parte, que la «imagen» multi metálica que el rey Nabucodonosor ve en la visión escatológica, y que representa a las distintas y más importantes naciones del mundo que han surgido durante el transcurso de la historia de la humanidad, es «desmenuzada» por «una piedra no cortada con mano humana». Esta alegoría tiene como significado la obra y el juicio de Dios por medio de persona de Cristo en su segunda venida, «juicio» que habrá de manifestarse con la destrucción de la última potencia gentil, trayendo como consecuencia la instalación de su gobierno mundial de orden célico (El Reino de Dios).

El reinado mundial de Cristo o «dominio majestuoso milenario» es apreciado en el libro de Daniel como «la piedra que es hecha un gran monte (en la Biblia, los «montes» representan, además de su significado literal, «reinos» o «reyes», véase Ap. 17:9-10) y que llena toda la tierra» (véase Dn. 2:34-35). Lea los textos, amable lector.
La Biblia no explica ni detalla que el tercer cielo de Jehová sea un organismo compuesto de naciones y pueblos. El mundo en el que respiramos y nos movemos hogaño, está dividido en un gran número de naciones, pueblos y etnias, según los lineamientos geopolíticos hasta ahora decretados, «separados cada uno por fronteras y acuerdos impuestos por los que gobiernan en la tierra». En Ap. 2:27 Cristo menciona que las naciones serán regidas por él mismo «con vara de hierro». «Con vara de hierro», es una referencia al gobierno teocrático futuro del Mesías, que será justo y equitativo, y no abusivo, egoísta ni malévolo como los gobiernos actuales. Antes del reinado milenario del Señor y de la restitución del mundo (Mt. 19:28), las naciones rebeldes del planeta que se levantarán contra Dios y su Mesías «serán quebradas como vaso de Alfarero» (Ap. 2:27). Esta profecía aparece anticipadamente en el Sal. 2:9. El Salmo 2 es uno mesiánico en toda su esencia como sentido; su referencia es sin duda terrenal. Vea querido lector como Dios prometa a su Ungido (Cristo) entregarle «como herencia las naciones y los confines de la tierra» (Sal. 2:8). Cuando Cristo “depure” las naciones de la escoria del pecado y de toda iniquidad, entonces, ya sentado en su trono de gloria, reinará con sus escogidos el mundo por mil años literales (Mt. 25:31-34; Ap. 20:4, 6).

Está profetizado desde el Antiguo Testamento que la tierra será el lugar para el establecimiento del reinado glorioso de Jesucristo. Esto se efectuará a cabo hasta que el último estado político del mundo sea destruido, precisamente, en el conflicto del Armagedón:

«Y en los días de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido, ni será el reino dejado a otro pueblo; desmenuzará y consumirá a todos estos reinos, pero él permanecerá para siempre, de la manera que viste que del monte fue cortada una piedra, no con mano, la cual desmenuzó el hierro, el bronce, el barro, la plata y el oro. El gran Dios ha mostrado al rey lo que ha de acontecer en lo por venir; y el sueño es verdadero, y fiel su interpretación» (Dn.2:44-45).

«Y vi salir de la boca del dragón, y de la boca de la bestia, y de la boca del falso profeta, tres espíritus inmundos a manera de ranas; pues son espíritus de demonios, que hacen señales, y van a los reyes de la tierra en todo el mundo, para reunirlos a la batalla de aquel gran día del Dios Todopoderoso. He aquí, yo vengo como ladrón. Bienaventurado el que vela, y guarda sus ropas, para que no ande desnudo, y vean su vergüenza. Y los reunió en el lugar que en hebreo se llama Armagedón» (Ap. 16:13-16).

«Y vi a la bestia, a los reyes de la tierra y a sus ejércitos, reunidos para guerrear contra el que montaba el caballo, y contra su ejército. Y la bestia fue apresada, y con ella el falso profeta que había hecho delante de ella las señales con las cuales había engañado a los que recibieron la marca de la bestia, y habían adorado su imagen. Estos dos fueron lanzados vivos dentro de un lago de fuego que arde con azufre. Y los demás fueron muertos con la espada que salía de la boca del que montaba el caballo, y todas las aves se saciaron de las carnes de ellos» (Ap. 19:19-21).

Las profecías vetero testamentarias vaticinan una época de paz gloriosa dentro del gobierno terrenal del Mesías-Rey (véase Is. 11:1-16; Is. cap. 35). El reinado milenial terrenal de Cristo (cap 20 de Ap.), es el tiempo en que Dios cumplirá las promesas hechas a Abraham y a los patriarcas Isaac, Jacob y David, dentro del margen de la historia de los pueblos y naciones del mundo (Zac.14:16). Dios promete a Abraham, «padre de multitudes», una «tierra», una «simiente» y un «reino». Este reino empezará sino antes de la inauguración del reino davídico. Dios aseguró al rey David bajo promesa, que un descendiente suyo ocuparía el trono en el futuro, que jamás faltaría un hijo suyo para que lo heredase (2 S. 7:12-16). El ángel Gabriel anuncia a la virgen María que ella habrá de ser la madre del heredero humano al trono davídico: Jesús, el Cristo de Dios (Lc. 30-33).

El nuevo pacto establecido por el Señor Jesucristo antes de su muerte en la cruz (Mt. 26:26-29), es de grande importancia porque se centra en el perdón y la remisión de los pecados por medio de su sangre. Este pacto no solo abarca a los gentiles que han creído en él y que son «partícipes como coherederos de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio (Jn. 3:16; 3:36; Ef. 3:6), sino también a la nación de Israel, según lo estipulado en el capítulo 31 del libro de Jeremías (véase la relación que hay entre Jeremías 31:31-33 y Hebreos 10:14-18). Así, qué, tanto la Iglesia de Cristo, la «simiente espiritual» del patriarca Abraham, como el remanente israelita que habrá puesto su confianza en el Hijo de Dios (Ro.11:5), que lo reconocerá como el Mesías prometido en Antiguo Testamento (Is. 9: 6-7), experimentarán juntos, ya transformados y como Pueblo Único (Ef. 2:14), las bendiciones de este pacto que se cristalizarán en la maravillosa y futura era milenaria (Is. 11, 35, 60-65; Ap. 20: 4, 6).
Israel: pueblo escogido de Dios.

«Digo, pues: ¿Ha desechado Dios a su pueblo? En ninguna manera. Porque también yo soy israelita, de la descendencia de Abraham, de la tribu de Benjamín. No ha desechado Dios a su pueblo, al cual desde antes conoció» (Ro. 11:1-2).

Para los antisemitas ignorantes que han creído que Dios se ha olvidado de su Pueblo escogido Israel (por favor Sr. Tito Martínez: es hora de ser más humilde y empezar por el “sótano”; jamás es tarde, mientras se pueda, estudiar con seriedad los fundamentos de la verdadera teología. Para este buen “empezar”, le recomiendo Sr. Martínez que lea una y otra vez Ro. 11:1-2, textos que están al pie de estos párrafos, sin dejar de ver con honesta conciencia Ro. 11: 11-29, por favor), podrán quitarse esta errada y absurda creencia si escudriñan adecuadamente su futura restauración nacional en los versos que aparecen abajo. Dicha restauración traerá consigo el cumplimiento de las bendiciones establecidas por Dios para Israel en el reino milenario.

Así de fácil, hermanos y amigos queridos, sin olvidar de mencionar, que nosotros, los gentiles, no somos la excepción.

Ez. 11:18-21; 20:33-38; 34:11-16; 39:25-29. Os. 1:10-11. Jl. 3:17-21. Am. 9:11-15. Mi. 4: 4-7. Zac. 8:4-8.

Dios les bendiga siempre.


www. apologista.wordpress.com


viernes, 1 de mayo de 2009

"AMADO, YO DESEO QUE SEAS PROSPERADO EN TODAS LAS COSAS"


En los versos de arriba el apóstol Juan le expresa a Gayo, un cristiano distinguido y fiel convertido por Pablo, su deseo de que fuese prosperado en todas las cosas, y que tuviese salud, así como prosperaba su alma.

Muchos evangelistas en diferentes partes del mundo se están apoyando en este pasaje joanino para inculcar a su audiencia ávida de la “Palabra de Dios”, la idea de que Dios quiere que todos sus hijos sean prósperos o ricos en oro, mansiones enormes, autos costosísimos, vestidos finos, etc, para así vivir como verdaderos príncipes del Rey. Estos predicadores modernos y fraudulentos llegan a decir que es una vergüenza para un príncipe tener que vivir en pobreza o en necesidad, mientras que los hijos del diablo viven como verdaderos reyes y potentados en el mundo, siendo muy admirados y respetados por todos. ¿Pero es este razonamiento válido y justificado a la vista de Dios? Nuestra respuesta es que no!

Después de un examen cuidadoso de los dos versos de arriba escritos por el anciano Juan, nos revelará que Gayo prosperaba en su alma, es decir, que se enriquecía en fe (ver. Santiago 2:5), pero sus riquezas materiales no iban creciendo a la par, o no aumentaban como crecía su riqueza espiritual. El hecho de que Juan le deseara a Gayo la prosperidad en todas las cosas nos insinúa que Gayo tenía un estancamiento material mientras que su fe aumentaba día por día. Esto podría ser una paradoja, ¿pues quién más merecería una mayor bendición material sino Gayo quien vivía en completa común con el Señor?

Lo que los cristianos debemos comprender es que Dios conoce a sus hijos, y como Padre celestial, él sabe a cuál de sus hijos darle más recursos materiales y a cuál menos, sabiendo perfectamente que algunos son más susceptibles a caer en los juegos, en las bebidas espirituosas, en las drogas, e incluso en el sexo ilícito. Si por ejemplo un convertido estuvo sumido en el juego como un ludópata empedernido por muchos años, y a duras penas logró salirse de ese vicio, sería imprudente que el Señor le bendijese con más riquezas materiales sabiendo que aún podría caer en esa trampa mortal del juego. Si el Señor no está bendiciendo a muchos de sus hijos con dinero en abundancia es porque Él sabe que éste les puede perjudicar en vez de favorecer.

El deseo de Juan por la prosperidad de Gayo fue sólo eso, un deseo, más no era una garantía o una promesa de que Dios ciertamente lo prosperaría a la brevedad posible.
Así que no le vengan con el cuento de que si usted es un “cristiano practicante”, un “buen sembrador”, y un “cumplido diezmador”, el Señor lo bendecirá grandemente con riquezas materiales en esta misma vida. No se deje engañar por la avaricia, y viva para el Señor cualquiera sea su condición actual. El resto lo hará el Señor a su tiempo. Si no se realiza en esta vida, será para la venidera, en el reino de Cristo.

Dios los bendiga,

Apologista

LA INSOSTENIBLE CRÍTICA RACIONALISTA




Por el Dr. Javier Rivas Martínez (MD)

Bajo la lupa de una especulación racional y sistematizada,

La crítica racionalista de los siglos XVIII y XIX elaboró un escepticismo que eliminó el elemento sobrenatural bíblico que comprende los milagros y la verdadera profecía. La crítica racionalista (Alta Crítica) ha jugado un papel importante en el desarrollo de especulaciones irrisibles que refutan este elemento ajeno a lo común.

Por su importancia, comentamos que la teología del liberalismo fue estructurada en las corrientes del mundo del siglo XVIII y XIX. Estas corrientes incluyeron el racionalismo, la crítica literaria bíblica y las teorías de las ciencias.

También el humanismo influenció en esta falsa teología de “ancha mentalidad y de marcada tolerancia”. El humanismo renacentista del siglo XV y XVI vio en el hombre un agente capaz de resolver todos sus dilemas y alcanzar elevadas cumbres y buscar su salvación por méritos propios. Por tal cosa, la Biblia resultaba intrascendente para la doctrina humanista. Esto fue más que suficiente para dar lugar al racionalismo doscientos años después.

El racionalismo del siglo XVIII determinó que las Escrituras deberían exclusivamente estudiarse con el “ojo” de la razón para justificarlo todo. Con la Alta Crítica, la teología del liberalismo viene a definirse como tal. Ayudaron para este logro el racionalismo del Siglo de la Luces y la filosofía idealista de Hegel. Hegel formuló una dialéctica basada en un proceso de reconciliaciones de contradicciones consistente en una “tesis” o proposición, una antítesis u “oposición” y una “síntesis” o conciliación. Este filósofo alemán catalogó como mitos la obra sobrenatural de Dios hallada en la Biblia, negando su inspiración divina. Esto sirvió como base para el surgimiento de la Nueva Crítica, que al traspasar los límites de la investigación correcta y ortodoxa de los manuscritos bíblicos antiguos viene a dar extrañas conclusiones improbables por sus prejuicios y falta de objetividad espiritual para discernir las verdades bíblicas fundamentales.

Cómo los críticos racionalistas desaprueban cada hecho sobrenatural de la Biblia, lógicamente no creen en una profecía inspirada por Dios. En el caso del libro de Daniel, los críticos racionalistas han dicho que fue escrito en el Siglo II después de Cristo, un tanto después que se cumplieron, según ellos, las profecías de dicho libro.
El libro de Daniel es el escrito veteo testamentario que más ha sido agredido por la crítica racionalista con insostenibles imprecisiones históricas, falsos anacronismos y profecías que no son verídicas. Contrariamente de quienes afirman que el libro fue escrito en el siglo II después de Cristo, ha quedado demostrado que el arameo que aparece en los manuscritos originales de este extraordinario libro, no es el arameo occidental del período Macabeo tardío, sino que es el arameo oriental del Siglo IV antes de Jesucristo. Su historicidad también está confirmada por el profeta Ezequiel que nombra a Daniel en su libro (véase por favor: EZ. 14:14, 20; 28:3). Por otro lado, en el Nuevo Testamento, el Señor Jesucristo da testimonio de Daniel como profeta de profesión (véase en Mt. 24:15).

Los manuscritos y los descubrimientos arqueológicos hallados en Qumrán han puesto en tela de juicio y en grandes aprietos las opiniones de la crítica racionalista con respecto a su supuesta aparición tardía. Uno podría cuestionar, que, si en verdad fuese cierta la aparición de libro de Daniel en el Siglo II antes de Cristo, posteriormente a los eventos proféticos que en él están, ¿cómo justificaría la crítica racionalista el cumplimiento de la profecía de la crucifixión de Cristo que está divulgada en el libro de Daniel, un poco después del cumplimiento, para ser exacto, de las «Sesenta y Dos Semanas», teniendo en cuenta que la crucifixión del Señor Jesucristo tuvo lugar en el año 33 de nuestra era? Tremendo dilema para los críticos racionalistas, pero aún ni esto los hace sonrojar de pena y vergüenza, menos reflexionar en su grave error teológico.

«Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos. Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, mas no por sí; y el pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario; y su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones» (Dn. 9:25-26).

Ya estudiamos con pruebas fehacientes y contundentes que el libro de Daniel no fue escrito en el Siglo II antes de Cristo como equivocadamente lo han dictaminado los críticos racionalistas, sino en el Siglo IV antes del cumplimiento de algunas de sus profecías contenidas, y digo, de algunas, porque otras más tienen un cumplimiento escatológico.

Las «Primeras Siete Semanas» del libro de Daniel dieron principio con el decreto de restaurar y reedificar los muros de Jerusalén y concluye con el término de su reconstrucción, es decir, en un tiempo de 49 años. Este decreto fue promulgado por el rey Artajerjes el 14 de marzo del año 445 antes de Jesucristo, pudiéndose ver su promulgación en Neh. 2:1-9. Ahora, desde la promulgación del decreto de Artajerjes hasta la presentación del Señor Jesucristo como el Mesías Príncipe suman un total de «Sesenta y Nueve Semanas», o sea, un total de 483 años.

El reconocimiento de Señor como Mesías Príncipe tuvo cumplimiento el 6 de Abril del año 32 después de Cristo, con la entrada triunfal de Hijo del Hombre en Jerusalén (véase Zac. 9:9; Mt. 21:1-11). Notemos que el profeta Daniel escribe, que después de las «Sesenta y Dos Semanas se quitaría la vida del Mesías». Es posible apreciar que el profeta Daniel en esta parte no agrega las «Primeras Siete Semanas» en esta declaración que harían un total de «Sesenta y Nueve Semanas», si tenemos en cuenta la otras «Sesenta y Dos Semanas» además. ¿Cuándo se suscitó este acontecimiento? Algunos serios historiadores registran como fecha probable el año 33 después de Cristo. Otros toman en cuenta el año 29 después de Cristo. La «Última Semana», la «Setenta», de siete años, está relacionada con acontecimientos proféticos de los últimos tiempos, por lo tanto, no aporta un valor para este estudio.

La crítica racionalista es una corriente de vagas y obtusas consideraciones, extremadamente limitada en sus prejuiciosas convicciones que no le permite aceptar como verdaderos los hechos sobrenaturales expuestos en la Biblia. Niega las evidencias, tanto externas como internas, que dan certidumbre histórica de las Santas Escrituras.

La crítica racionalista, “musa” de la teología liberal, se ha esforzado para desacreditar la inspiración divina de la Biblia.

La crítica racionalista niega que Moisés haya escrito el Pentateuco. Declara que es una recopilación de documentos escritos en el tiempo de Esdras.

La crítica racionalista con terquedad de calibre cósmico se empeña en seguir injuriando y desacreditando la Palabra de Dios con sus “irracionales” racionalismos que no dejan de ser más que vanas e infundadas palabrerías de acuerdo a lo visto en este valioso estudio, comprometiendo a sus pálidos y rebeldes defensores para aniquilación eterna. ¡Allá ellos!

Los dejo con este texto para reflexión:

«Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo» (Co l. 2:8).

Ad adendum:

El número de años totales de las «Setenta Semanas» de Daniel no se calculó con el año solar del calendario gregoriano de 365 días, sino tomando como base el año lunar judío de de 360 días (año profético). Las «Setenta Semanas» proféticas, dan un total de 490 años lunares del calendario judío. Cada «Semana» de las «Setenta» consiste en siete años lunares de este calendario.

Dios les bendiga siempre.

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