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Médico Internista e Intensivista, y estudioso de las Santas Escrituras (La Biblia), y un predicador incansable del verdadero monoteísmo bíblico, y sobre todo, del mensaje o evangelio del Reino de Dios, que es la única esperanza que tiene este mundo para sobrevivir a su destrucción total.
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lunes, 2 de noviembre de 2009

VIDA ETERNA EN LA TIERRA Y NO EN EL CIELO


Por Ingº Mario A Olcese (Apologista)

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Una cosa que llama poderosamente la atención es que la Biblia no nos dice prácticamente nada de nuestra supuesta “vida en el cielo” en la eternidad. Sí, es increíble descubrir que nada se dice de la vida de los salvos en el cielo, a pesar de que este “lugar” es considerado por muchos cristianos como su paradero final después de morir. ¿Pero no extraño de que la Biblia no nos diga nada de lo que harán los justos allá, si en verdad ese es el lugar o el destino final y eterno para ellos? La Biblia dice que Dios trabaja, e igualmente su Hijo, por tanto los cristianos estarán también trabajando en la eternidad, y no tan solo tocando un arpa o una lira dorada. ¿Pero en qué podrían estar trabajando los salvos en el cielo? La Biblia no lo dice. Lo que sí nos dicen las Escrituras es lo que harán los salvos EN LA NUEVA TIERRA.


Los salvos en el reino de Dios


La Biblia, en cambio, sí nos dice lo suficiente sobre lo qué estarán haciendo los que ganen la vida eterna en el reino de Dios. La palabra de Dios nos da muchísima información de la labor de los salvos en la nueva tierra de justicia. Esto se explica fácilmente porque la tierra, y no el cielo, u otro lugar supra mundano, es la promesa de Dios para los salvos.


Veamos los pasajes más importantes que nos indican cuál será la tarea de los salvos en el reino de Dios:


En Lucas 19:11-19 Jesús nos da la siguiente pista:


“Oyendo ellos estas cosas, prosiguió Jesús y dijo una parábola, por cuanto estaba cerca de Jerusalén, y ellos pensaban que el reino de Dios se manifestaría inmediatamente. 12 Dijo, pues: Un hombre noble se fue a un país lejano, para recibir un reino y volver. 13 Y llamando a diez siervos suyos, les dio diez minas, y les dijo:

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Negociad entre tanto que vengo. 14 Pero sus conciudadanos le aborrecían, y enviaron tras él una embajada, diciendo: No queremos que éste reine sobre nosotros. 15 Aconteció que vuelto él, después de recibir el reino, mandó llamar ante él a aquellos siervos a los cuales había dado el dinero, para saber lo que había negociado cada uno. 16 Vino el primero, diciendo: Señor, tu mina ha ganado diez minas. 17 El le dijo: Está bien, buen siervo; por cuanto en lo poco has sido fiel, tendrás autoridad sobre diez ciudades. 18 Vino otro, diciendo: Señor, tu mina ha producido cinco minas. 19 Y también a éste dijo: Tú también sé sobre cinco ciudades”. 20


Si leemos con cuidado estos versos, podremos ver que los salvos recibirán del Señor el pago correspondiente por haber cumplido con la tarea que él les encomendó, y ese pago no es un eterno descanso en un paraíso celestial, tocando el arpa, y rodeado de bellas doncellas, sino, más bien, el ejercicio de la autoridad sobre las naciones. ¿Qué significa esto?


El Reino de Cristo es un gobierno


Siendo que el reino de Cristo es un gobierno con un monarca supremo (el Mesías escogido), es lógico concluir que éste tenga un territorio, leyes, y súbditos. Para que el gobierno funcione, el Mesías Jesús deberá contar con asistentes de confianza en su régimen mundial, hombres probos y santos que administrarán en su reino con equidad y justicia. ¿Y quiénes mejores que los miembros de su iglesia que han mostrado probidad en esta vida? Es por eso que la iglesia ha sido llamada para recibir el reino (Lucas 12:32) para que ejerza autoridad sobre las naciones (Apo. 2:27, “Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin, yo le daré autoridad sobre las naciones”). De modo que acá tenemos la función que desempeñará la iglesia en el reino milenario de Cristo.


Los santos juzgarán el mundo


En 1 Corintios 6:1-3 Pablo dice algo sumamente interesante: “¿O no sabéis que los santos han de juzgar al mundo? Y si el mundo ha de ser juzgado por vosotros, ¿sois indignos de juzgar cosas muy pequeñas? 3 ¿O no sabéis que hemos de juzgar a los ángeles? ¿Cuánto más las cosas de esta vida?


Aquí Pablo amonestaba a los creyentes por su incapacidad para juzgar cosas pequeñas de esta vida, y máxime, considerando que ellos tenían por delante una tarea aún más difícil e importante que desempeñar y que consistía en el futuro juicio y gobernación del mundo entero.

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Daniel vislumbró el dominio de Cristo y los santos en el Reino de Dios
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En Daniel 7 leemos:


“Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él. Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido…y que el reino, y el dominio y la majestad de los reinos debajo de todo el cielo, sea dado al pueblo de los santos del Altísimo, cuyo reino es reino eterno, y todos los dominios le servirán y obedecerán”.


Así que el pueblo de los santos del Altísimo recibe el reino, el dominio, y la majestad de los reinos debajo de todo el cielo. Entonces es fácil ver que los salvos, los santos, tendrán una gran responsabilidad en el reino venidero de Jesucristo. Serán los asistentes y los cogobernantes del reino de Cristo por espacio de mil años.


En el milenio descansaremos de nuestras obras para hacer las obras de Dios en el reino de Cristo. Estaremos edificando una nueva sociedad donde realmente exista la justicia y la rectitud. Será una sociedad donde el diablo y sus demonios estarán ausentes, sin que causen las desgracias y maldades que ahora están ocasionando en la tierra y en los hombres.


Desgraciadamente son pocos los cristianos que anuncian estas buenas noticias de un mundo de paz y justicia gobernado por Cristo y su iglesia. Los más de ellos predican evangelios trucados o adulterados que nada tienen que ver con el reino de Cristo y el destino final y glorioso de su iglesia en dicho gobierno divino. Los textos que arriba hemos citado son poco o nada citados por los evangélicos y católicos por igual. Simplemente no los creen literales y para la iglesia.

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Es hora de retomar el anuncio verdadero (el evangelio del reino) de Cristo para dejar de estar esperanzados en una creencia errónea de escapar algún día de este mundo caótico y perverso como almas inmortales en dirección al cielo.




www.ladoctrinadedios.blogspot.com

sábado, 29 de agosto de 2009

EL REINO DE DIOS Y LA SALVACIÓN




Por el Dr. Javier Rivas Martínez (MD)

«Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas» (Hech. 2:41).

No es suficiente para el inconverso un “aceptar a Jesús como Señor” para obtener la “salvación”, sino se le ha hecho un llamado al «arrepentimiento por los pecados», sino se le ha predicado correctamente al «Hijo de Dios» y le ha creído, si tal inconverso no ha considerado por propia voluntad y determinante decisión el «bautismo en agua» para un andar en «nueva vida», momentos después de haber considerado todo lo anterior (entiéndase que el «bautismo en agua» no salva por sí mismo, pero el verdadero «arrepentido, por norma y regla, estará convencido de llevarlo a cabo como compromiso de una vida santa delante de Dios, Ro.6:4), incluyendo, porque sería un «crimen olvidarlo», el importantísimo mensaje, antes del «bautismo en agua», del «Reino de Dios» y su terrena realidad. El «Reino de Dios» fue el principal propósito de la primera venida de Cristo al mundo, la base vital, el «cimiento de la predicación de Cristo», ya que la «consumación de la salvación» será cuando el creyente digno ingrese, en el consentimiento de Dios, a la teocracia milenial (1 P. 1:5).

En su primer discurso encontrado en el capítulo 2 del libro de los Hechos, para comprender la verdadera «temática de la salvación» del inconverso, Pedro predica a la multitud de la persona de Cristo, como el «aprobado Hijo de Dios», el cual dio testimonio de la veracidad del Padre por medio de «maravillas, señales, portentos y milagros». Pedro habla ante la muchedumbre de su «crucifixión y muerte», de su «resurrección sobrenatural», «sueltos los dolores de la muerte». Pedro les anunció que Dios había «hecho de Jesús, Señor y Cristo». Por último, Pedro le presenta al vasto contingente el «Reino de Dios», a los «varones judíos y a los que habitaban Jerusalén» (Hech. 2:14). De hecho, Pedro no profundiza en exponerlo, porque para los judíos el tema les era bastante familiar. La importancia del «Reino de Dios», en las palabras del apóstol Pedro, estriba en que Dios había «jurado» al rey David que «uno de su descendencia», en «cuanto a la carne», en «cuanto a su linaje real», de «su línea familiar», se «sentaría en su trono» (Hech. 2:22-30). Es bueno decir que este «juramento» compromete, no sólo a la nación de Israel (Gn, 12:2), sino «a todas las familias de la tierra» (Gn.12:3; Hech. 3:25), según la promesa hecha al patriarca Abraham por el Divino en un principio y que repercute para beneficio a largo plazo a quienes «han creído en Cristo», y me refiero, aparte de los judíos, a los «gentiles», los «goyims» (Jn. 3:16; Ro. 10:9; Ef. 2:14-15). Cristo durante su ministerio anunció en palabras prolépticas que el «Reino de Dios se había acercado» (Mt. 4:17). La locución «se ha acercado», infiere que este «Reino» tendrá que «esperarse». Este «Reino» se manifestará cuando Cristo retorne al mundo «visible y en poder», y «se siente en su trono de gloria» (Mt.24:30; 25:31).

Después de su breve discurso de la persona de Cristo y del «Reino de Dios», Pedro invita a las gentes al «arrepentimiento» y al «bautismo en agua en el nombre de Jesucristo»:

«Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hech. 2:38).

Podemos decir, por lo tanto, que la «salvación» no se obtiene tan sólo, aunque necesarios, por el «arrepentimiento», por el «bautismo en agua», por «creerse en la muerte y resurrección de Cristo», sino, porque así lo determina la Palabra de Dios, como veremos más adelante, por «creerse en la predicación del Reino de Dios», «Reino» que se inaugurará en el futuro en un mundo ya restituido y que Cristo gobernará bajo los designios del Altísimo por todo un «milenio», hasta «que lo entregue al Dios y Padre suyo» (1Co. 15:24).

El primer propósito de Cristo en su ministerio en esta tierra fue de predicar el «Evangelio de Dios» (Mr.1:1), incitando a los oyentes de alrededor para que lo «creyeran» (Mr. 1:15). Cristo habló de la gran necesidad de predicar el «Evangelio de la Salvación» en diferentes lugares, «porque para eso había sido enviado» (Lc. 4:43). El «Evangelio del Reino» y el «Evangelio Eterno» son esencialmente lo mismo. Este «Evangelio» anuncia la promesa de una «herencia terrenal», el «Reino de Dios», para los «mansos», según las palabras del propio Cristo:

«Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad» (Mt. 5:5).

Este «Evangelio», el de las «Buenas Nuevas», habrá de «cristalizarse por completo», por decirlo de este modo, en el futuro, en un «reinado mundial de mil años» (Ap. 20:4, 6). En el libro de Apocalipsis se le llama el «Evangelio Eterno» (Ap. 14:6) por la razón de que la «Simiente de la Mujer» aplastaría al enemigo de Dios y de los hombres: «Satanás», la «Serpiente Antigua», el «Diablo», que cayó para ursupar, para desplazar y turbar con su reinado tenebroso y maligno el «orden del mundo y cuyo carácter fue celestial» al principio de su fundación, en la reciente creación del primer hombre, para “coronarse” como el «dios este siglo» (2 Co. 4:4), el «príncipe de este mundo» (Jn.16:11), «mundo» que controla hoy con mentira, con dolor, con muerte y con engaño, pero que Cristo en su debido tiempo lo destronará en su Parusía para restaurar la «cosmología antes perturbada» y bendecir a la «humanidad convertida» aquí «abajo», en la «tierra», mas no en el «tercer cielo», en este sentido literal.

Cristo reinará personalmente el mundo en majestad e infinita gloria, de acuerdo al «Pacto Eterno» y «las misericordias firmes de David» (Is. 55:3). Cristo será el «Jefe y el Maestro de las naciones» (Is.55:4). Si el «Evangelio del Reino» no es predicado con su debida prudencia, todos los “esfuerzos piadosos” que se hagan en cualquier parte, serán absolutamente infructuosos.

El «Reino de Dios» es imposible que exista ahora, porque será instalado en la «restauración de Israel», en la segunda venida de Cristo (Mr.13:26; Hech.1:6), «hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas» (Hech. 3:21). Cuanto esto acontezca, el «Reino de Cristo», el «de Dios», el de «los Cielos», ya habrá sido implantado en el mundo. Fue tan importante para Dios la predicación de su «Reino» qué Cristo, después de su resurrección, continuó predicándolo por «cuarenta días» más, antes de su ascensión:

«…a quienes también, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios» (Hech. 1:3).

Cuando se tiene noción clara de lo qué es realmente el «Evangelio del Reino de Dios», y se le ha tomado en cuenta muy razonable y positivamente, habiéndose «creído», sin faltar, en el «nombre del Señor Jesucristo», es en este preciso momento cuando el creyente deberá venir luego al «bautismo en agua», «a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva» (Ro.6:4). No existe ningún “protocolo” en la Biblia que demande “cursos” y “discursos”, y “largas esperas” para que el cristiano pueda «bautizarse en agua», como suele suceder en la mayor parte de las “iglesias cristianas” de toda la esfera terráquea: Error es este por la terrible ignorancia en la Palabra de Dios.

El «bautismo de agua» es uno ordenado en «la gran comisión» por Cristo (Mt. 28:19), y lo puede ejecutar cualquier creyente. No es una tarea exclusiva para los pastores o líderes congregacionales. Usted como creyente genuino en Cristo (si es que lo es), «quien quiera que sea», sin poseer un “liderazgo en la iglesia o puesto importante”, puede «bautizar ipso facto» a todo aquel que ha ministrado para «salvación». Inmediatamente después del «arrepentimiento», de la predicación de «Cristo crucificado» (1 Co.1:23), y del «Reino de Dios», el «bautismo en agua», es el siguiente paso indicado a concluir:

«Pero cuando creyeron a Felipe, que anunciaba el evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo, se bautizaban hombres y mujeres» (Hech. 8:12).

El etíope fue «bautizado en agua» tan pronto fue ministrado por Felipe:

«Entonces Felipe, abriendo su boca, y comenzando desde esta escritura, le anunció el evangelio de Jesús. Y yendo por el camino, llegaron a cierta agua, y dijo el eunuco: Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado? Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. Y mandó parar el carro; y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó» (Hech. 8:35-38).

Es absurdo ver en las congregaciones llamadas como “cristianas”, cómo se acepta un “Jesús” que no llena los requisitos que Biblia exige para que lo sea. Más bien, es “uno” que tiene la función de “estar pendiente” de las necesidades, cualquiera que estas sean, de los supuestos “creyentes” para darles “soluciones milagrosas”, y hablo de las materiales específicamente, porque para estos “fieles cristianos” que han “aceptado a su señor y salvador” (“salvador” de sus deudas financieras), las necesidades espirituales no son la gran prioridad, al menos que fueran «convertidos» reconocerían su enorme imprescindibilidad.

Es imposible que la salvación pueda establecerse en el inconverso después de una predicación “light y consentidora” que no hable jamás de la persona de Jesús como el «aprobado Hijo de Dios», de su «muerte expiatoria», de sus «portentos y milagros» realizados durante su ministerio terrenal y que dieron testimonio de la gloria del Padre, de su «resurrección», del «arrepentimiento de los pecados», y principalmente, ante todas las cosas, que no hable del «Reino de Dios».

No basta un “Dios te ama” para ser salvo. Por lo que vimos, «se requiere más que esto para serlo», para que se instituya en el hombre inconverso la «salvación individual».

La salvación no será posible, si no tienen en cuenta, de parte del potencial creyente, los factores expuestos con anterioridad.

Reconsidere amigo mió, lo que escribimos en el amor de Dios y de su Cristo.

Dios le bendiga siempre.